Giovanni Boccaccio (1313-1375), escritor y humanista italiano, fue de los primeros en tratar literariamente el tema del aislamiento por una peste, la de Florencia en 1348. En su magistral Decamerón narra cómo siete nobles damas y tres jóvenes escapan de la enfermedad y los muertos aislándose en una villa campestre, donde deciden contarse historias picantes y picarescas. Todos los días alguno es elegido rey y elige el tema de los cuentos. Pimpinea –una de las jóvenes– exige a sus amigos solo noticias y temas alegres.

Es fácil imaginar a nuestro Pimpinea Vizcarra pidiendo a sus ministros solo buenas nuevas; por eso las cifras falsas de fallecidos, las imaginarias camas UCI, los respiradores que jamás llegaron, la inexistente meseta y por eso su apego al “cuenta cuentos de hadas”, Víctor Zamora, responsable directo de la catástrofe en el manejo de la pandemia y que tras su cese como ministro de Salud ha sido nombrado consultor de la Presidencia del Consejo de Ministros en la lucha contra el coronavirus. Algo inexplicable, tanto como la nueva medida contra la pandemia.

¿Es por brutalidad o crueldad que los bombillos apagados que nos (des)gobiernan propician aglomeraciones? Para evitar el contagio del virus chino es fundamental el distanciamiento social, por ello es ilógica la orden de inamovilidad dominical que solo duplicará el número de personas transitando los sábados, topándose en los mercados y apretándose en el transporte público. Nos gobiernan generadores de focos infecciosos. Pasó en los alrededores de los bancos donde, desordenadamente, se entregó esa limosna llamada bono. Durante semanas la gente se agolpaba, empujaba y codeaba para tratar de avanzar en las largas colas. Ad portas de la segunda entrega tendremos más colas cachete con cachete, ergo nuevos contagios. Están, además, los miles de compatriotas que uno tras otro, demasiado juntos, bajo el frío, esperan la recarga del balón de oxígeno requerido por algún familiar agonizante, asunto que a Vizcarra y sus matarifes parece preocuparles cero.

La población genera cadenas de solidaridad, las empresas privadas hacen importantes donaciones y los representantes de la Iglesia llegan a los más recónditos rincones del Perú abriendo sus brazos sin temor al contagio. Pregunto: ¿Alguien ha visto alguna expresión de agradecimiento, un gesto de compasión de la chusma aupada en el poder? ¿Algún mea culpa por colocarnos en el primer lugar de Latinoamérica en muertes por millón o intención de corregir las medidas económicas de la niña boba que está generando la tercera peor recesión del planeta?
Solo Abimael con Sendero Luminoso hubieran destruido el país así, sin inmutarse.