Nuestra política exterior migratoria de cabeza

Nuestra política exterior migratoria de cabeza

Para no creerlo, pero es verdad. Por Decreto Supremo N.° 028-2003-RE del último 28 de noviembre, el Gobierno del Perú ha decidido exonerar del requisito de visa en la calidad migratoria de turista a los nacionales de El Salvador, el país que hasta hace muy pocos años era considerado entre los más violentos –superando a Venezuela– por las temibles, más que pandillas, grupos violentos de desadaptados que impusieron el caos a lo largo y ancho del territorio nacional, jaqueando al propio sistema político y social salvadoreño. No sé si el canciller González-Olaechea habrá leído el texto de la norma que ha firmado y que comento, pues deberá tener presente que, diciendo textualmente que “el ingreso de ciudadanos salvadoreños actualmente no representa un riesgo a la seguridad interna debido a la reducción de la tasa delictiva que ha experimentado dicho país”, si acaso se comprueba la realidad exactamente contraria, entonces, tendrá que renunciar.

Jamás se puede redactar una norma jurídica de esa manera pues vuelve completamente vulnerable al ministro que la suscribe. En efecto, basta que tengamos en el país un solo caso –jamás será aceptable el argumento del manoseado “hecho aislado”–, que ponga al descubierto que haya llegado hasta nuestras tierras un solo delincuente salvadoreño, de los muchos que se han venido replegando en los últimos años por diversos países de la región, debido a la estratégica acción coactiva y coercitiva del gobierno de Nayib Bukele, el referido decreto supremo peruano, hará papilla políticamente al ministro y eso sería malo pues quedarnos sin ministro por una candidez o falta de cantada prospectiva, después de que los dioses se pusieron de nuestro lado al librarnos de una de las peores gestiones ministeriales que recuerda la historia diplomática de Torre Tagle como fue la de Ana Cecilia Gervasi, sería realmente lamentable y me esforzaré para que eso no pase porque somos definidamente institucionales. Pero más allá de los cargos que siempre son efímeros, resulta inexplicable y hasta contradictorio que, paliando a duras penas con la migración venezolana para cuyo tamaño –cerca a los 2 millones en el país– nunca estuvimos preparados y que las gestiones de la Superintendencia Nacional de Migraciones desde hace algunos años ha venido haciendo lo que puede para atenuar su impacto, no tiene pies ni cabeza que sigamos abriendo las fronteras para permitir la llegada de extranjeros y sobre todo de un país con los graves antecedentes que comentamos. ¿Será que veremos en algún momento enfrentándose en nuestro país por “dominios territoriales” a los delincuentes de la terrorífica megabanda criminal del Tren de Aragua con los que pudieran haberse recompuesto de la salvaje mara Salvatrucha salvadoreña? Pero qué falta de sentido común, y diría, además, de enorme e imperdonable contradicción de nuestras autoridades nacionales para emitir tan impertinente decreto. Seguimos de mal en peor.

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