Sin duda alguna, estamos viviendo momentos difíciles en la historia de la humanidad; quizá la pandemia acapare nuestra atención, pero hay mucho más allá afuera: una sociedad dividida, ya sea por ideas extremistas, tendencias políticas o la fe religiosa; a ello debemos sumarle: ansiedad, incertidumbre y miedo, en un mundo que viene cambiando vertiginosamente. ¿Cómo afrontar ese futuro sin temor? Quizá volviendo al origen; haciendo un ejercicio de desarrollo histórico, la humanidad ha venido adorando o venerando a diferentes cosas: el sol, la luna, las estrellas, la tierra, los fenómenos naturales; en los últimos tiempos, la gente empezó a hacer lo mismo con la nación, la raza, el comunismo, etc. Los científicos sociales del futuro verán con especial interés los textos que ahora leemos: autoayuda, liderazgo, coaching; estudiarán nuestra forma de tratar a la ética y a la moral, así como los derechos y libertades “individuales”; les llamará la atención el culto a nosotros mismos, expresado en un selfie, una adoración desmedida a nuestro tiempo y a nuestro ego.
Los humanos somos biológicamente unos animales sociales, gran parte de nuestra vida evolutiva la hemos pasado en pequeños grupos, es imprescindible la interacción con los demás, donde hemos creado y cultivado bienes espirituales como la solidaridad, el altruismo, la confianza, el amor, que redimen nuestra soledad. Siempre que tenemos mucho del “yo” y poco del “nosotros” nos sentimos vulnerables, solos y con miedo; para proteger el futuro “tú” y salvaguardar el futuro “nosotros”, debemos pensar, expresarnos y actuar en tres dimensiones: relación, identidad y responsabilidad. En el nosotros de la relación, debemos admitir que son las personas diferentes a nosotros las que nos hacen crecer; en el nuevo mundo digital tenemos la posibilidad de “filtrar” la información que deseamos revisar, “seleccionar” a nuestras amistades, rodeándonos de personas parecidas a nosotros, con las mismas opiniones, los mismos prejuicios, con los mismos puntos de vista que los nuestros, esto nos está volviendo más extremos; debemos retomar la senda: los encuentros cara a cara con personas diferentes a nosotros, con quienes tengamos desacuerdos y seguir con la amistad, el acercamiento a personas de diferente clase, color de piel, religión, tratando de superar las brechas de nuestro mundo. La segunda dimensión es el nosotros de la identidad, el Perú es una nación forjada sobre la base de culturas originarias, que se encontraron con la cultura europea y la influencia de las olas de inmigración; el problema es nuestra crisis de identidad, hemos perdido de vista el quiénes somos y nos sometemos a todo lo que venga del exterior, con la tonta idea de que todo lo que viene de afuera es mejor, la consecuencia es: una identidad débil y amenazada por agentes externos; debemos volver a contar nuestra historia, quiénes somos, de dónde venimos y cuáles son nuestros ideales. Finalmente, el nosotros de la responsabilidad: a veces usamos la frase trillada “nosotros, el pueblo”, a veces sin pensar en lo que implica verdaderamente esa frase, es decir, compartir la responsabilidad colectiva de nuestro futuro colectivo; el discurso cala y así resultan elegidos los líderes políticos; pero, junto con ese estado ideal, también coexisten los extremismos, ya sean políticos o religiosos, cada cual convencido de ser poseedor de la razón; debemos procurar pasar de la política mía a la política nuestra, de todos unidos, redescubriendo la verdad contradictoria y sublime: que una nación es fuerte cuando se preocupa por los débiles, que se vuelve rica cuando se preocupa por los pobres, se vuelve invulnerable cuando se preocupa por los vulnerables; así se forja la grandeza de una nación.
A guisa de consejo, si cambias tu vida podrás ayudar a comenzar a cambiar el mundo, sustituyamos el “yo” por “otros”, en vez de manuales de autoayuda, escribamos manuales de ayuda a otros, en vez de la autoestima, estimemos a los demás. Por el bien de nuestro futuro, giremos del “ustedes” al “nosotros”.