El sabio y amauta del Perú: Javier Pulgar Vidal, a quien tuve la dicha de conocer, siempre resaltaba el significado del nombre de nuestro país; decía el maestro que significa “abundancia”, es decir, somos el país de la abundancia.

Perú, además de ello, es un país de emprendedores, capaz de superar las adversidades, un país emergente; a lo largo de nuestra historia, y en los últimos tiempos, hemos hecho frente a muchas tribulaciones, aun así, hemos seguido en pie; tenemos una geografía agreste que imposibilita la presencia del Estado en todo el territorio patrio, lo que constituye una tarea pendiente que debe ser superada con la ayuda de las nuevas tecnologías. Por otro lado, nuestro país periódicamente sufre los embates de la naturaleza, cada vez más frecuentes debido al cambio climático, cuando esto sucede solemos recurrir a la ayuda humanitaria de naciones hermanas, las corporaciones o la filantropía de nuestros hermanos; algunos países que sufren este tipo de contingencias han recurrido a las compañías de seguros que cubren estos riesgos, en vez de esperar la ayuda que pueda venir.

Nuestro país debe asumir la responsabilidad de sí mismo, buscando soluciones a sus propios problemas; somos conscientes de que nos está yendo bien económicamente, no estamos creciendo al ritmo esperado, el entorno, local y global es incierto, nuestra economía está impulsada por materias primas. Quizá sea el momento de detenernos a hacer un balance y buscar respuesta a las siguientes interrogantes: ¿Qué hicimos bien? ¿Qué hicimos mal? ¿Cómo podríamos aprovechar las experiencias y hacer que nuestro país siga en franco crecimiento y así llegar al ansiado desarrollo?

A continuación, algunas cosas que hemos hecho bien: hemos gestionado bien nuestra economía, las últimas décadas del siglo pasado fueron décadas perdidas, éramos un país fallido; alrededor del inicio del nuevo milenio, los formuladores de políticas públicas comprendieron que era necesario administrar mejor la macroeconomía, garantizar la estabilidad, mantener la inflación en un solo dígito, mantener bajo el déficit fiscal, dar seguridad y estabilidad a los inversionistas tanto nacionales como extranjeros, generando confianza para invertir en nuestra economía. Por otra parte, estábamos reduciendo gradualmente la relación deuda/PBI, con un leve retroceso en los últimos años; esto significa que contamos con más recursos para invertir en vez de pagar deudas. Debemos reconocer, también, que las empresas estatales siempre estaban arrojando pérdidas; éstas fueron privatizadas, cerradas o reestructuradas, aliviándole una gran carga al Gobierno. El nuevo milenio trajo consigo la revolución de las telecomunicaciones, hoy tenemos más líneas móviles que personas, contamos con dinero móvil y plataformas de comercio electrónico a todo nivel. También hemos invertido más en educación y salud, quizá no lo suficiente, pero debemos reconocer el avance. Logramos superar la violencia terrorista, aunque quedan pequeños rezagos en una modalidad doblemente nociva: el narcoterrorismo. Como vemos, sí hay cosas que hemos logrado hacer bien.

En contraparte, hay cosas que hemos hecho mal, entre ellas: hemos crecido, pero no se crearon suficientes puestos de trabajo, los niveles de desempleo y subempleo todavía son altos; la calidad del crecimiento no ha sido buena, los empleos creados son de baja productividad, hemos trasladado la fuerza laboral del campo a la ciudad, incrementando la informalidad urbana. La brecha desigualdad se ha acrecentado, hay nuevos millonarios, pero hay más pobres; los índices de pobreza se vienen incrementando, casi a igual ritmo que el incremento de la población. No hemos invertido lo suficiente en infraestructura y servicios básicos, tenemos hermanos que no cuentan con agua potable o electricidad; nuestra economía sigue siendo la misma de décadas pasadas, seguimos exportando materias primas y con ellas el empleo que se necesita para su transformación. Nuestras instituciones son débiles aún, esto da pie al grave problema de la corrupción, algo que nos golpea muy fuerte y crea grandes forados financieros.

Hecho el balance, nos queda seguir haciendo las cosas bien y cada vez mejor, corregir los errores del pasado, independientemente del gobierno de turno, desterrando la incertidumbre que ahuyenta las inversiones y luchando por mayor transparencia en la gestión del Estado, involucrando y comprometiendo a las nuevas generaciones, serán ellos quienes nos conducirán por el derrotero correcto. Pensemos siempre en el mañana, pensemos a largo plazo, invirtamos en nuestro país, no perdamos estas grandes oportunidades.

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