En el futuro, sin duda, recordaremos estos meses de pandemia, cómo aprendimos a usar mascarillas y protectores faciales para protegernos del contagio; aún no sabemos cuándo terminará esta peste y eso nos tiene muy preocupados, el gobierno y la sociedad vienen haciendo esfuerzos para paliar la mortal enfermedad, es evidente la contradicción que existe entre ambos a pesar de perseguir el mismo objetivo, cada uno culpando al otro por la alta cifra de contagiados y fallecidos. La respuesta frente al virus no se hizo esperar y se han reorganizado los sistemas de salud para poder enfrentarlo, sin tener el conocimiento suficiente sobre esta nueva plaga; el estado de emergencia continúa, con la suspensión de algunos derechos y libertades fundamentales, en la post pandemia se tendrá la oportunidad de evaluar si las medidas fueron o no las adecuadas, se hará un balance de los aciertos y de los errores, ahora no es el momento para la confrontación.
El coronavirus no es el único problema que afrontamos, nuestra economía está muy golpeada y no solo bastan ideas audaces o discursos de oposición férrea, es muy penoso ver el nivel del diálogo político actual, donde el gobierno piensa que la sociedad está contra ellos, quizá por el reducido número de personas que toman las decisiones, cualquier persona que esté fuera de ese grupo será considerado como una amenaza, los medios de información y comunicación también juegan su propia actuación, sesgando muchas veces el mensaje en un claro sometimiento a los grupos de poder, ya sean políticos o económicos. Vivimos en un estadio en el que la sociedad se está reconfigurando, en nuestro país hay más teléfonos celulares que personas, casi todos con acceso a internet, cada peruano va a ser capaz de contactar y conectarse con cualquier otra persona, estos cambios han logrado calar en la naturaleza misma de la gobernanza y la vida misma, algo que nuestros líderes deberían tomar en cuenta.
A nivel global, hemos superado las guerras mundiales, la guerra fría, las guerras nucleares y hoy la amenaza es la ciberguerra, donde la guerra puede ser constante y no se cuenta con una doctrina básica que la oriente; ¿cómo responder a un ciberataque?, ¿cómo disuadirlo?; los insurgentes de ahora tienen acceso, por medio de teléfonos móviles, a mapas satelitales e información ilimitada de sus objetivos, ha surgido también el ciberterrorismo. Las relaciones entre las naciones o los países también se han complicado, los gobiernos pretenden controlar el mundo digital, al menos dentro de sus fronteras, por ejemplo: China, India, Rusia, Arabia Saudita, Singapur, entre otros; asistimos a una nueva bipolaridad, donde el ciberinternacionalismo es desafiado por el cibernacionalismo, ambos como dogmas, lo que complica el conflicto. Ha llegado el dinero móvil y está ingresando hasta en lugares impensados, este fenómeno no solo da el acceso a los servicios bancarios, está cambiando la política monetaria. La educación y la salud, ambos servicios básicos, se han transformado al igual que los servicios gubernamentales.
Lo peor que puede suceder (o quizás esté sucediendo) es tener un gobierno que no escucha, que no cuenta con personas capaces de entender este nuevo orden, ahora se necesitan expertos en cibernética, ingeniería genética, neurociencia, prospectiva; han surgido nuevos derechos fundamentales que ya están siendo recogidos en los textos constitucionales, el acceso a internet, por ejemplo; el mundo está cambiando y nuestro país no se queda atrás, es necesario un trabajo conjunto entre el gobierno y los expertos en ciencia y tecnología. El éxito o el fracaso se medirá en términos de los costos de nuestra distracción y la incapacidad para convocar a científicos, tecnólogos y líderes gubernamentales, en el momento del inicio de la nueva normalidad.