La capacidad de lucha contra la corrupción de todo gobernante honesto no estriba en lanzar panegíricos estrafalarios. Como la propuesta que hizo esta semana Vizcarra en Paracas pidiendo “una nueva declaratoria de Independencia sobre la corrupción”, a la que –desprovisto de argumentos- se limitó a agregarle tareas como “la pobreza” así como el lugar común de “otros problemas”. La auténtica voluntad del gobernante para erradicar de cuajo la corrupción empieza por incorporar en las altas esferas del Estado a personas probas, con amplia trayectoria identificada en defender los intereses nacionales, con reconocida capacidad profesional y una gran dosis de sentido común. El día que la Divina Providencia nos ayude a elegir a un auténtico jefe de Estado –un estadista- como presidente del Perú, lo primero que vamos a comprobar es que la pléyade de incapaces, ladrones, compadreros y convenencieros que anidan al interior del Estado peruano saldrán huyendo como ratas en nave zozobrando, y en reemplazo suyo ingresará un conjunto de gente honorable, preparada, decidida a trabajar por el bien del país. A esto –que más se asemeja a una utopía que a la realidad- deberían aspirar los peruanos en las elecciones de 2021. Pero lo impedirá la incultura, fruto del incalificable sistema educativo que mantenemos. Una tara que fomenta la elección de gente sin pergaminos auténticos para administrar coherente y honestamente nuestro Estado. Mientras permitimos que el currículo escolar siga elaborándolo la izquierda, permanecemos en lo mismo. Parece inexplicable. Pero ocurre. Porque nadie, sobre todo en las canteras del pensamiento centrista, es capaz de levantar su voz para ponerle fin. Y entonces otra vez veremos a la maquinaria de la corrupción –enquistada en los grandes medios periodísticos- poniéndole palos en las ruedas a los candidatos que no formen parte de su camorra. El poder que mantiene hasta el momento esta mafia es sencillamente sobrecogedor. De manera que a rezar al monte.

A propósito de nombramientos de personas que no sean idóneas para formar parte de un Estado apolítico, congruente, eficiente -¡y libre de corrupción!- sino que representan a la lacra de menesterosos, haraganes, ineptos, corruptos e ideológicamente opuestos a la democracia, que necesitamos deportar del Estado, ocurre que el inefable general (r) Martos, primer ministro, ha encargado la estratégica Secretaría de Comunicaciones de la PCM –bajo cuya responsabilidad se planifican, elaboran y asignan las campañas publicitarias del gobierno- nada menos que a Rubén Cano Mendoza. Un sujeto que ha trabajado para Luis Favre –quen integró el equipo comunicador que operó con Jorge Barata, ex presidente de Odebrecht peruana- y ¡Oh coincidencia! faenó en la campaña electoral de Humala. Es decir, ¡Corrupción por doquier! Si el premier Martos estuviese calificado para el cargo de primer ministro que le ha asignado Vizcarra, le bastó leer el currículum de este individuo para rechazarlo. No fue así. Hoy el tal Cano contrata a los medios para, so pretexto de combatir el Covid-19, embutirnos propaganda que atenta contra la dignidad. Como aquella de “Si visitas a tus abuelos pregúntales donde quieren que eches sus cenizas”.