El domingo pasado, día de las elecciones generales, invitábamos a los ciudadanos a salir a votar en un proceso trascendental para el Perú. Hoy ya sabemos que Pedro Castillo, candidato de Perú Libre, y Keiko Fujimori, de Fuerza Popular (FP), son quienes disputarán la segunda vuelta para elegir al próximo jefe de Estado. Una final de fotografía para ambos, en el sentido de que los contendores deben estar felices, porque no les habría podido tocar mejor rival de aquél que tienen delante en cada caso.
Para Castillo, le hubiera sido más difícil soñar con el triunfo, si sus contendores hubieran sido López-Aliaga o De Soto, puesto que tienen mucho menos porcentaje de antivoto que Fujimori. Por su parte, la citada candidata debe estar pensando lo mismo, ya que, si al frente hubiera tenido a uno de los candidatos que quedaron en el tercer y cuarto lugar, sus posibilidades de ganar hubieran disminuido.
Sin embargo, para el país, no es el mejor escenario. Debe ser ese el motivo por el que algunos, equivocadamente, se han adelantado a recomendar el voto en blanco o nulo para estas elecciones -tan sueltos de huesos- sin pensar en que, en las elecciones de junio, nos jugamos el modelo económico que, aun con deficiencias, nos ha mostrado ser capaz de superar la pobreza y modernizar el Perú, ampliando la clase media y su capacidad de desarrollo.
El modelo comunista de viejo cuño que se asoma, en cambio -superado por los países de la antigua Unión Soviética e incluso por la misma China Popular que, inteligentemente, se han abierto al mundo de la economía libre y global- es una amenaza para el Perú que podría convertirse, de la noche en la mañana, en una nación donde sólo los altos funcionarios y los burócratas dorados accedan a la riqueza, mientras la clase media desaparece, crece exponencialmente la base de los pobres y los ricos huyen a Miami.
Sin duda es FP quien nos asegura la permanencia de un modelo de libre mercado que, sin embargo, es necesario corregir para que, conforme lo manda la Constitución, no se permitan, por ejemplo, monopolios disfrazados, ya sea en el caso de las farmacias o de los grandes grupos mediáticos, entre otros. Como tampoco la intermediación perversa que fija precios de los productos agrícolas, ganaderos o pesqueros que no favorecen al productor.
Asimismo, FP debe demostrar que ha aprendido a gestionar consensos, ya que, si llega al poder, tendrá un Congreso adverso, atomizado y mayoritariamente dispuesto a obstaculizar su gobierno. Asunto que nos pondría en una situación similar a la que hemos vivido en este último período político, con cuatro Presidentes de la República, como nunca se ha visto. La candidata se ha abierto al diálogo, pero sin éxito, ya que Hernando de Soto le haría solicitado la Presidencia del Consejo de Ministros y media docena de ministros y López-Aliaga ha adelantado que deja en libertad para votar a los miembros de su partido.
No la tiene fácil la candidata de FP, más cuando carga denuncias por posibles actos de corrupción a los que debe responder. Por tanto, debe llevar a cabo un esfuerzo importante para que el electorado vea en ella y su equipo, un cambio que nos garantice en primerísimo lugar la buena gestión de la pandemia; así como el hambre cero, el reparto de tablets y la conectividad para la educación, la construcción de las megaobras y, sobre todo, la lucha contra la corrupción.
(*) Excongresista de la República

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