La palabra viene del griego. Tiene su origen en dos conceptos: Chol que significa multitud y tratos que es la denominación para el gobierno. Oclocracia más que una forma de gobierno, es una situación en la que una muchedumbre toma el destino de una nación utilizando o no las estructuras válidas en un Estado.
El filósofo griego Aristóteles en su obra titulada La Política, expuso sobre distintas formas de gobierno, pero además nos advirtió también respecto a la degeneración de estas. Así nos ilustra que la Monarquía puede terminar en una tiranía y que la aristocracia tiene el peligro de convertirse en una oligarquía. También nos recuerda que la democracia puede acabar en una demagogia.
Cuando se razona sobre esto, en la filosofía clásica, todavía no se habían institucionalizado las corrientes ideológicas que hoy se denominan bajo criterios de ubicación desde un punto centralista: o sea de extrema izquierda o de derecha.
Ahora entran nuevas denominaciones como el “populismo” en que, usando una demagogia convencional, un político tiene la habilidad retórica, así como los medios económicos (la oferta para realizar alianzas y comprar asesorías y medios) para manipular a un pueblo. En tanto que en la oclocracia es el pueblo el que, de un modo u otro, impulsa una corriente en favor de lo que considera sus intereses de clase, convirtiéndose en un fenómeno social
Ninguna de las dos tendencias como tampoco sus métodos ha podido resolver cabalmente los problemas tanto locales, nacionales, como globales. Vivimos en un mundo fraccionado, incapaz de haber podido enfrentar la pandemia con sentido solidario. Un planeta Tierra en el que el calentamiento global y el político – el 2020 el mundo ha gastado aún más en armamentos- ponen en peligro a la Humanidad, conformada por más pobres que ricos.
Yo diría ahora que el poder económico y los medios más amplios de difusión han llevado a establecer las autocracias, que, como diría el presidente de los Estados Unidos de América Joe Biden, son el mayor peligro. Seguramente recordando a un Trump que buscó todos los medios para afirmar de modo especulativo que había ganado su reelección.
La política debe ofrecernos un sistema que mantenga, en paz y con progreso, la convivencia de un país en una sociedad de naciones. Para ello no cabe duda de que necesita respetar principios éticos universalmente aceptados. Los Estados no serán evaluados por la ideología que influye en su sistema de gobierno, sino por su eficacia y contribución a la comunidad internacional. Los mejores ejemplos siguen siendo China y Alemania (en esta última convivieron una nación en dos Estados antagónicos).
En el plano nacional los gobiernos deben ser democráticos, inclusivos, respetuosos de los Derechos Humanos y libertades fundamentales, así como del Medio Ambiente. Como lo señalo en mi libro Relaciones Internacionales Modernas, editado por una universidad europea, habrá solo países eficientes, eficaces e inviables.

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