La agresión de un joven a un congresista, en momentos que declaraba a la prensa, fue celebrada por muchos en las redes sociales. Y no faltaron algunos exaltados como el agresor que lo consideraron prácticamente un héroe, pontificando su “valentía”. Así estamos. ¿Qué nos está ocurriendo como sociedad que un puñetazo dado a mansalva contra un rostro pueda ser aceptado y alentado en ciertos sectores de nuestra población? ¿En qué momento de nuestra historia reciente, los valores mutaron o trastocaron su real contenido hasta convertirse en la nada o en sólo palabras sin contenido ni destino?

Esto que está ocurriendo moralmente en el país es muy grave para formar conciencia ciudadana, tanto como fue la que representó el terrorismo por décadas y que nos dejó el país destruido no sólo en sus puentes, caminos, torres de alta tensión, locales comunales, policiales y un largo etcétera, sino en la vida misma de una población que veía cómo la violencia se convertía en un hecho cotidiano y casi normal en el día a día. Valores como el respeto por la persona humana fueron convertidos en abstracciones inexistentes. Y lo más grave: nuestros jóvenes de entonces, como los de hoy, al parecer, crecieron en medio de antivalores como norma de conducta y de existencia.

Es inadmisible y riesgoso legitimar todo acto de violencia en la sociedad, por pequeña que sea su manifestación y por anecdótica que parezca. La violencia es la negación del orden establecido y aceptado, socialmente, por la población. Atenta contra una convivencia sana y pacífica entre nosotros. Anula todo asomo de entendimiento entre las personas. Nada hay que justifique la violencia salvo la actitud de quienes asumen trasnochados principios que creían que ella sería la partera de una nueva historia. Esas ideas quedaron sepultadas en el pasado por la realidad.

¿Qué queremos como país? ¿Qué buscamos? ¿Lincharnos los unos a los otros? Debemos hacer que la cordura y sensatez retomen por sus cauces y sean los criterios de valor que orienten nuestras conductas. Vivimos una situación muy especial y de mucho riesgo. Seguimos amenazados, no sólo por la pandemia que nos tiene en zozobra desde hace ocho meses, sino por el riesgo de la incertidumbre política que acecha. Esto no es bueno para nadie, menos para el futuro que debemos construir. Si no nos detenemos a enfrentar con madurez la coyuntura que nos toca vivir, sólo nos queda esperar días de mayores descalabros.

No hay diálogo, Hemos perdido la capacidad de entendernos respetando nuestra individualidad y diversidad, al mismo tiempo. Pareciera que hemos hecho de la confrontación la razón de ser de nuestra existencia. Y en este contexto, el agravio personal se encuentra a flor de piel. No hay ideas que fluyan para ayudarnos a comprender la realidad; hay adjetivos que buscan descalificar al oponente hasta destruirlo. Es lamentable reconocer que el deterioro moral pone en riesgo la estabilidad de nuestro propio sistema, que nos ha permitido convivir pacíficamente hasta hoy.

Las redes sociales se han convertido en los espacios en los cuales se ven reflejados, dramáticamente, esta nueva realidad. Parecen ser un campo de batalla sin tregua ni pausa. Es preocupante ingresar a ellas y constatar que el diálogo y el debate de ideas han sido sustituidos por el laconismo verbal de un adjetivo feroz y artero colocado sin mucha racionalidad. No hay control de emociones, como no lo hubo en el joven que le acertó un golpe de puño al congresista a principios de esta semana. Así estamos. Y es lo lamentable y preocupante.

Juez Supremo