Olla de presión a punto de estallar…

Olla de presión a punto de estallar…

A pesar de su solidez macroeconómica, el Perú, en lo político y social, es una especie de olla de presión a punto de estallar por falta de liderazgo y una crónica debilidad institucional que afecta la gobernabilidad y gobernanza haciendo casi imposible trasladar desde el ámbito macroeconómico todos los beneficios que ella trae, hacia una microeconomía beneficiosa para todos los peruanos.
Somos un país rico con gobernantes cuyos parámetros mentales encierran una estructura de pobreza extrema, porque se mueven únicamente en su zona de confort aprovechándose impunemente del poder que obtienen con la detentación de algún cargo público, comportamiento que se extiende hacia los líderes económicos y sociales en el ámbito privado.
Casi estamos olvidando que el aprovechamiento del poder público y de toda clase de poder particular o social para obtener beneficios para sí o para terceros con quebrantamiento de leyes y principios éticos y morales, se conoce con el nombre de corrupción.
Así como se corrompe para pervertir a niveles individuales, también institucionalmente la perversión funcional también nace de la corrupción y cuando ésta se generaliza alcanzando el hogar y la escuela, ya toda la sociedad queda contaminada y destinada como nación al desquiciamiento ético con la subsecuente destrucción del Estado de derecho, siendo presa fácil de la anarquía y el gobierno delictivo del crimen organizado.
En el Perú nadie confía en sus instituciones y menos en los que dirigen éstas, agravándose la situación cuando, cargando todas ellas con su inmensa ineficiencia, muestran ante la población una suma de guerras internas con facciones que buscan la hegemonía del poder institucional en la cual la instrumentalización de la respectiva entidad para favorecer al grupo de poder que defiende cada quien se muestra sin ningún rubor para perseguirse los unos a los otros.
En tal escenario hablar de justicia, educación, salud, igualdad, inclusión, respeto y seguridad, entre otros, es una utopía.
Olvidamos que el único freno efectivo contra la corrupción es la eficacia de los sistemas de control, recordando que toda administración tiene tareas de aplicar recursos escasos para obtener más y mejores beneficios, para lo cual debe planificar, organizar, estructurar funcionalmente el trabajo, elegir a sus servidores por méritos y no por componendas o favoritismos y controlar todo el proceso, desde la aplicación de los recursos tanto en planta como en personal para colocar en el mercado un bien o un servicio de bajo costo y alto beneficio.
Si los sistemas de control no funcionan, desde la primera fase de aplicación de recursos ya tendremos un déficit porque la corrupción llevará parte de éstos a bolsillos particulares, con lo cual, la estructura de planta quedará debilitada y los trabajadores no contarán con locales, equipos y servicios para hacer bien su tarea con oportunidad y eficacia; y, si éstos son designados por favoritismos y ninguna meritocracia, el resultado no podrá ser peor.
Los sistemas de control en el Perú andan fragmentados, debilitados y sin norte.

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