Las sociedades occidentales siempre han procurado maximizar el bienestar de sus ciudadanos, la forma de hacerlo es maximizando la libertad individual; consideramos que la libertad es buena, valiosa y esencial para el ser humano; con nuestra libertad podemos actuar por nuestra cuenta para maximizar nuestro propio bienestar, sin que nadie decida por nosotros. La libertad se verá maximizada si hacemos lo mismo con las opciones, es decir, cuantas más opciones tengamos, más libertad tendremos; por consiguiente, al tener más libertad, tendremos mayor bienestar.
Cuando vamos de compras, tenemos muchas opciones para cada cosa, ya sea para alimentación, vestido o entretenimiento; esta gran variedad de opciones también se refleja en las comunicaciones: tenemos una variedad casi ilimitada de teléfonos móviles, donde la comunicación telefónica ha quedado rezagada frente a las redes sociales y mensajería instantánea; la explosión de opciones ha llegado también a los servicios de salud, los médicos ahora nos ofrecen opciones, cada una con sus respectivos beneficios y riesgos, habiendo llegado a algo llamado “autonomía del paciente”, aparentemente bueno, pero que en realidad es el traslado de la responsabilidad en la toma de decisiones.
Nuestra identidad -ahora- también es cuestión de elección, la identidad ya puede ser inventada y reinventada cuantas veces se quiera, esto ha generado debate y hasta es utilizado en la campaña electoral; hasta el siglo pasado, las parejas tenían que casarse y tener hijos, ahora se tiene la opción de hacerlo o no, sin que ello afecte a las personas; donde quiera que miremos, cosas grandes o pequeñas, cosas materiales o estilos de vida, nuestra vida es cuestión de elección; las cosas ya no se escriben en piedra y todos nosotros somos libres de elegir con cada vez más y más opciones.
La elección puede producir inercia más que liberación; con tantas opciones para elegir, se nos hace más difícil escoger, y eso nos pasa a todos, siempre aspiramos a elegir correctamente, sobre todo en las decisiones más importantes; cuando tomamos la decisión, muchas veces nos sentimos insatisfechos, como si hubiera sido preferible tener menos opciones para tener menos sentimiento de culpa; cada vez que elegimos una cosa, estamos eligiendo no hacer otras, quizá más atractivas; a esto los economistas le llaman “costo de oportunidad”.
Creemos -aun- que todo era mejor cuando todo era peor, ello obedece a que anteriormente nuestras expectativas eran menores; ahora, en una sociedad industrializada e informatizada, nuestra expectativa llega a la perfección, pero lo mínimo que esperamos es que las cosas sean tan buenas como lo esperábamos; con tan altas expectativas, el secreto de la felicidad estaría en las bajas expectativas. Cuando tomamos decisiones, por más buenos resultados que obtengamos, nos vamos a sentir decepcionados por no haber decidido de otra manera, culpándonos a nosotros mismos.
La depresión (clínica) se ha incrementado en los últimos tiempos, en parte alimentada por experiencias personales como decepciones por estándares muy altos, tratando de justificar o remediar con el sentimiento de culpa; podríamos decir que ahora hacemos las cosas mejor (objetivamente) pero nos sentimos peor (subjetivamente); sin embargo, no hay elección mejor que otra, lo peor es no tomar la decisión; recordemos que las opciones y elecciones mejoran nuestro bienestar.
Debemos sentirnos afortunados por las múltiples y diversas opciones que se nos presentan, pues existen lugares en el mundo donde el principal problema es no tener opciones o tener muy pocas; si tan solo pensáramos en trasladar esas posibilidades de elegir a donde no las tienen, el mundo sería distinto; no solo aquellas personas tendrían una mejor vida, nosotros también.

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