Los seres humanos somos optimistas, quizás en extremo; sobreestimamos la posibilidad de que nos sucedan eventos buenos o positivos en nuestra vida cotidiana y subestimamos la posibilidad de tener una enfermedad incurable, sufrir un accidente fatal; es decir, somos muchos más optimistas que realistas, tal vez sin percatarnos. Las personas se casan, por ejemplo, con la idea una unión para toda la vida, sin embargo, la tasa de separación o divorcio es muy alta, mis colegas abogados especializados en esos temas pueden dar fe de ello; la mayoría de los divorciados suelen volverse a casar, en un claro triunfo de la esperanza sobre la experiencia; los padres confían en que sus hijos serán mejores que ellos, llevándose -a veces- desagradables sorpresas. El optimismo está presente en nosotros mismos y en nuestro entorno más cercano; sin embargo, somos pesimistas con aquellas personas que no forman parte de nuestros círculos, con nuestros conciudadanos y hasta con el destino de nuestro país; este fenómeno del optimismo tiene alcance global: en muchos y diferentes países, en diferentes culturas, en ambos sexos, en todas las edades, etc.
Surge la pregunta: ¿es bueno ser optimista? Algunos dirán que no, otros dirán que es la llave del éxito; utilizando la lógica elemental podríamos decir que si no esperamos nada bueno, no nos sentiremos decepcionados cuando estas cosas no sucedan; o, si no nos decepcionamos cuando no suceden cosas buenas y nos sorprendemos gratamente cuando suceden, seremos felices; preferimos el viernes al domingo, siendo el viernes un día laborable y domingo un día de descanso, la preferencia obedece a la anticipación del fin de semana que se avecina en el caso del viernes y el inicio de la semana laboral en el caso del domingo. Los optimistas son personas que esperan siempre más y es esa anticipación el factor que mejora su bienestar; el optimismo cambia la realidad subjetiva, la forma en que esperamos que sea el mundo cambia la forma en que lo vemos; pero, también cambia la realidad objetiva, actuando como una profecía autocumplida, estudios hechos por expertos han demostrado que el optimismo no solo está relacionado con el éxito, sino que nos conduce a él, el optimismo conduce al éxito en el deporte, en la academia, en la política y hasta en la salud, dado que si anhelamos un futuro brillante, se reduce considerablemente el estrés y la ansiedad.
Pero ¿cómo mantener el optimismo frente a la realidad? Los teóricos sostienen que cuando nuestras expectativas no se cumplen, debemos modificarlas; sin embargo, ello no siempre sucede, un ejemplo es la alta probabilidad de padecer cáncer, siempre pensamos que a nosotros no nos va a pasar, no tomamos en cuenta las advertencias; otro ejemplo es el valor comercial de nuestros bienes, siempre tenemos una expectativa muy alta, a pesar de que el mercado nos dice lo contrario, es decir, lo real. El optimismo poco realista puede ser riesgoso, nos puede llevar a planificar erróneamente, a colapsar financieramente; lo que debemos hacer es protegernos de los peligros del optimismo pero sin perder la esperanza; debemos echar mano a nuestro conocimiento, identificando nuestros prejuicios, tomar conciencia de nuestro sesgo optimista no implica destruir nuestra ilusión, seamos capaces de lograr un equilibrio, de elaborar planes y reglas, protegiéndonos del optimismo irreal pero manteniendo la esperanza.
A modo de conclusión, podríamos decir que para lograr el progreso es necesario imaginar una realidad diferente, luego creer que esa realidad es posible. ¡El futuro está en nuestras manos!