Otárola ya fue

Otárola ya fue

Suelo tomar las encuestas con pinzas, sin embargo cuando la tendencia estadística revela que el gobierno y el Parlamento son repudiados masivamente por el pueblo, resulta legítimo encender las luces de alarma.
El fin de semana CIT ha revelado, por ejemplo, que 82% desaprueba la gestión de Dina; apenas 10% respalda al PCM Otárola; mientras el 84% reprueba al Congreso de la República. Niveles aterradores que evidencian una situación extremadamente peligrosa: en el Perú la clase política se ha convertido tan solo en una formalidad oficial divorciada del sentimiento de la nación.
Hay una ruptura entre el régimen de gobierno (no solo el Ejecutivo) con la base social, lo cual deslegitima a las autoridades y abre las puertas para que, en cualquier momento, se precipiten fenómenos de masas violentas; o que se siga acumulando la anomia social hasta el 2026 cuando las elecciones generales pueden engendrar un nuevo sistema político absolutamente anormal y hasta eventualmente antidemocrático.
Las causas de la situación en curso son múltiples: en un extremo seguimos viviendo las consecuencias de la elección del 2021 que llevó al poder a la mafia comunista de Castillo abriéndole las puertas del Estado a los corruptos y criminales, pero también directamente a Sendero. De eso no se regresa fácilmente y menos si la presidente y su primer ministro tienen la misma ideología marxistoide que tratan de morigerar, pero que sigue guiándoles como fuerza vital.

También pagamos las consecuencias de un Congreso emputecido en el cual unos 70 miembros sobre un total de 130 tienen investigaciones por corrupción o, en el mejor de los casos, falta de ética.
Al centro de los dos extremos tenemos al desgobierno total porque la incapacidad ha detonado la peligrosa recesión económica, la más absoluta falta de seguridad ciudadana, el separatismo de las provincias del sur y la desesperanza frente al embate de un Fenómeno del Niño que será mortífero para amplias zonas del país.
Vivimos, en suma, al garete; y el capitán de la nave, Alberto Otárola, es un pobre tipo que impera como dictadorzuelo todopoderoso en la mediocridad. A Dina no podemos tocarla porque su papel decorativo de viajera inútil es inevitable para mantener la continuidad oficial, pero sí debemos exigirle que cuanto antes conforme un nuevo Gabinete plural y técnico que nos devuelva la sensatez y un mínimo de esperanza respecto a que el Perú no estallará en mil pedazos en cualquier momento.

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