“Pero el triunfo de Acuña, peculiar en el Perú, es moneda corriente en los países civilizados y con mucha más trayectoria en libertad de prensa, expresión y democracia que el Perú. En 2020, una corte australiana confirmó una indemnización récord para el actor Geoffrey Rush por difamación. El tabloide Daily Telegraph tuvo que pagar al actor australiano 2.03 millones de dólares por ganar el caso. El Daily había acusado sin pruebas de mañoso al actor. El juez Michael Wigney estimó que, leyendo el artículo, los lectores razonables concluyeron que el actor era un “perverso”, sobre la base de informaciones en su mayoría no contrastadas. Otro caso fue el de la actriz Rebel Wilson que ganó su juicio por difamación contra otro medio australiano. “Demasiado a menudo los tabloides y los ‘periodistas’ que trabajan en ellos no se rigen por la ética profesional”, dijo la actriz tras una victoria por la que será compensada económicamente. El tabloide la acusó de ser una “mentirosa compulsiva”. Tal vez el caso más célebre fue el del actor Tom Cruise, esta vez no contra la prensa sino contra un autor y su casa editora que había afirmado que el actor era homosexual y que había sostenido relaciones sexuales con él. El abogado de Cruise sostuvo que el actor pretende demandar por difamación a cualquier persona que propague falsos rumores sobre él. “En la medida en que la gente escriba historias que lo difamen, irá detrás de ellos”. Cruise donó los 10 millones de dólares de indemnización a causas benéficas. Todo lo dicho no abona en las tesis del IPYS, el CPP y El Comercio, ni tampoco en el espíritu de cuerpo de los coleguitas a favor de Acosta ni en contra de Acuña.

Por el contrario, demuestra que el principio de la libertad de expresión tiene sus límites en la ley y en la deontología periodística, y que ser hombre de prensa no da patente de corso para difamar a nadie si una corte así lo estima.” Esto escribía yo hace un mes en Expreso cuando ya se adelantaba la sentencia contra el periodista Christopher Acosta por difamación y la reacción mediática no era aún tan plañidera. Pero no sólo son viudas de Acosta quienes pueden tranquilamente exhibir para ellos el letrero que les pusieron a los congresistas de “otorongo no come otorongo (¡vaya que les cae a pelo!)”. También la reacción ha caído en el ridículo que se pronuncien en sendos comunicados varias potencias extranjeras a través de sus embajadas, como Gran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Europea. Digo ridículo pues resultaría risible que el Perú, a través de sus embajadas en esos países, se pronuncie cuando alguna corte norteamericana o la Queen’s Bench VII británica condene a un editor, periodista o medio de comunicación por difamación como reseñamos líneas arriba. Esta actitud de las embajadas es una clara injerencia en la soberanía nacional que toca a la autonomía del Poder Judicial, cuya presidenta, Elvia Barrios, parece no querer defender, mientras la Cancillería guarda un grosero silencio nada menos que en el “Año del fortalecimiento de la soberanía”.

Quizás la nacionalidad extranjera de algún cónyuge envuelto en los mismos líos de difamación que Acosta hayan hecho que la embajada de Gran Bretaña se pronuncie, lo que sería aún peor porque estaría comprometiendo sus buenas relaciones con el Perú por un caso particular en el que ni Londres ni Washington ni Bruselas tienen arte ni parte. Una cosa es que se pronuncien ONG con agenda propia y otra un país extranjero. A este circo no han sido ajenos los payasos que pretenden sorprender a los incautos sumándose al carro de Acosta y alegando persecución contra la libertad de prensa, cuando en realidad los allanamientos a sus domicilios o investigaciones por la fiscalía no han sido por su condición de periodistas ni por sus investigaciones, sino por actos de corrupción. Aquí mezclar papas con camotes resulta para estos inescrupulosos un juego redondo, sobre todo si los corifeos y amiguetes de los medios hacen de comparsa y altavoz. Por último, ahora resulta “chic” firmar pronunciamientos del colegage para reafirmar una suerte de idoneidad moral para ejercer la profesión que está muy venida a menos desde que un medio o un grupo de periodistas toma posición al entrevistar a Acosta, mientras pretende “cumplir” con el derecho de réplica que, en esas circunstancias, no tiene ningún sentido.

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