Otto Guibovich

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De calma chicha y enclaves peligrosos

La calma chicha es quietud que encubre algo fatal, es tranquilidad aparente que maquilla algo grave. Los hombres de mar relacionan la calma chicha a la falta de vientos u olas que procrean otros problemas y en el Ande es el silencio exterior de la macma o cántaro donde se macera la jora, mientras por dentro ruidosamente fermenta la chicha en proceso.

En el primer Perú, el de la política trivial, por oposición, borbotea mucha chicha y hay poca calma. La dialéctica política necesaria se reduce a violencia verbal para envidia de las barras bravas de estadios de fútbol. Pero no necesariamente se debe ser congresista para decir disparates, también opinólogos, periodistas y otros que inflaman la pradera llevando agua para algún molino.

En el Perú profundo, aquel que los anteriores poco reparan, hay enclaves de calma chicha donde la ausencia del Estado es realidad y deseo. Realidad pues el Estado es vacuo crónicamente y se combina con el deseo local que no quiere Estado que estorbe sus fines. Obviamente ilícitos.

La Rinconada en Ananea, Puno, a 5100 msnm, es considerada la ciudad más alta del mundo y la explotación de oro es su estímulo. Tuvo más de 20 mil y hoy alrededor de 15 mil habitantes. Las condiciones de vida son absurdas para ser humano alguno por altitud y clima gélido. Hace unas semanas asesinaron a siete personas en un socavón, los niños se contaminan y todos mueren lentamente por contaminación. Mercurio, plomo, desechos, basurales, que rodean la ciudad y fluyen con las lluvias a la laguna. Tierra olvidada en calma chicha.

Otros 10 mil peruanos viven en las riberas del río Putumayo quienes para llegar a Iquitos, la ciudad peruana más próxima, deben navegar dos semanas, ingresar a Colombia, Brasil y luego retornar al Perú. Hay un aeródromo y los vuelos comerciales son eventuales y costosos. Salud, educación y otros servicios son itinerantes mientras el narcotráfico, constante. La carretera soñada por Belaunde entre Mazán y El Estrecho quedó abandonada y renace lentamente. Abandono y calma chicha con una de las regiones de más acendrado patriotismo.

En el cerro El Toro, a 3 km de Huamachuco, La Libertad, los socavones superpuestos y las pozas de cianuro matan lentamente. Sobreviven unos 5 mil peruanos y es también tierra de nadie. El acceso es restringido y las autoridades regionales viven en modo “no veo, no oigo”. Calma chicha y corrupción.

Muchas zonas más siguen sustraídas al concepto de nación y Estado. La “economía del crimen” desborda con minería ilegal, coca, amapola, trata de personas, contrabando, etc. Hace falta entender bien nuestro territorio y que el despliegue del Estado esté en consonancia con las soluciones. Es urgente.





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