Otto Guibovich

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Odebrecht y el narcotráfico

Alfonso Quiroz, en su libro ‘Historia de la Corrupción en el Perú’, señala siete momentos cumbre en que la corrupción alcanzó picos desbordantes y siempre la imposibilidad de combatirla por las cadenas de complicidad que neutralizaron la  justicia.

Lava Jato sería el octavo. Descubierto gracias a colaboración internacional, reforzado con periodismo de investigación y fiscales persistentes. Los órganos de control nada vieron, nada supieron, lamentablemente.

Los llamados “vladivideos” desnudaron la corrupción de los noventa cual radiografía histórica y explicaron cómo la corrupción agrieta la sociedad y quienes más la sufren son los más pobres. Lo visto indujo a creer que nada podía ser peor, sin embargo hoy constatamos lo contrario. Todo podía ser peor y Lava Jato solo es una muestra representativa.

Si empresas como Odebrecht en contubernio con rapaces funcionarios hincharon presupuestos sideralmente, manipularon arbitrajes a voluntad, sumaron adendas funcionales al enriquecimiento ilícito, entregaron coimas a diestra y siniestra, financiaron la toma del poder con dinero negro y más. ¿Qué podemos esperar que suceda con el narcotráfico del cual tenemos el infausto privilegio de ser segundos proveedores del mundo? ¿Viene un noveno ciclo?

El infranqueable poder corruptor del narcotráfico frente a partidos políticos de puertas abiertas al financiamiento “venga de donde venga”, sin transparencia frente a la ONPE, sin un JNE ni Congreso a la altura del problema, lleva de las narices a nuestro sistema político a las garras del narcotráfico. Por ello, la reforma política integral, hoy más que nunca, resulta de necesidad imperativa.

Ya en las elecciones del 2011 el “gremio” cocalero apoyó a Humala y posicionó congresistas. Una, purga cárcel por narcotráfico. No está probado si los cocaleros en 2016 lograron representación del narcotráfico en el Congreso pero no dudemos que buscan el poder político con vehemencia para cerrar circuitos.

Las estrategias y tácticas antidrogas de las últimas décadas no dan resultados y persistir en lo mismo es ir por nada mientras la perforación del Estado por el narcotráfico sería solo cuestión de tiempo. El narcotráfico hace investigación y desarrollo, potencia su productividad, crece cuenca tras cuenca  con coca y amapola, mientras el Estado hace como que avanza cuando en realidad retrocede. Si el Estado cae en manos del narcotráfico, Lava Jato se verá empequeñecida a nivel de pequeña historieta.

La magnitud del problema exige una explícita política de Estado. Su combate mitigador requiere organizaciones especializadas de gran flexibilidad, autonomía logística, alcance nacional, dedicación exclusiva y a tiempo completo, personal mejor remunerado y capaz de entender el fenómeno transversalmente y ello implica legislación propia. Hagámoslo hoy.

El modelo mexicano de violencia desbordada y trágica parece estar a la vuelta de la esquina. Mañana puede ser tarde.





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