¡Qué amante de la poesía no ha recitado en momentos de exaltación o de serenidad, el Responso a Verlaine de Rubén Darío! No hace mucho y en una de sus columnas, Mario Vargas Llosa contaba que en sus caminatas matutinas de Madrid recordaba esos versos luminosos: “Padre y maestro mágico, liróforo celeste/ que al instrumento olímpico y a la siringa agreste/ diste tu acento encantador; /¡Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste /hacia el propileo sacro que amaba tu alma triste/ ¡al son del sistro y del tambor!”

El Príncipe de los poetas  franceses que sumido en la miseria y el alcohol pasó dos estancias en la cárcel y otras más en los hospitales, inspiró uno de los más bellos poemas de la historia de la literatura española. Poeta maldito conoció la degradación y acaso la locura cuando en una oportunidad casi estrangula a su propia madre.

Muerto el hombre con todas sus miserias, allí quedan sus versos y este responso que como el De Profundis Clamavi at te Domine, clama al Dios del amor, misericordia y paz para uno de sus hijos descarriados: “Que tu sepulcro cubra de flores Primavera / que se humedezca el áspero hocico de la fiera/ de amor si pasa por allí/ que el fúnebre recinto visite Pan bicorne/ que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne/ y de claveles de rubí.”

En el cementerio parisino de Batignolles, Verlaine sigue buscando, como André Breton- enterrado allí mismo-  “el oro del tiempo”. El implacable tiempo  al cual advierte Darío: “Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo/ ahuyenten la negrura del pájaro protervo/el dulce canto de cristal/ que Filomela vierta sobre tus tristes huesos/ o la armonía dulce de risas y de besos/ de culto oculto y florestal”.

Entre los castaños silenciosos de Batignolles y el, a menudo, atronador ruido del bulevar Périphérique que lo parte en dos, hay un lugar para que se cumpla la plegaria de Darío: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto/ que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto/ sino rocío, vino, miel/ que el pámpano allí brote, las flores de Citeres/  ¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres/ bajo un simbólico laurel!”.

El responso es la oración por los muertos, la respuesta del solidario amor por aquellos que se han ido.  Pero el responso de Darío es único. Verlaine ha muerto. Tánatos pregunta y Eros responde: “Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya/ en amorosos días, como en Virgilio, ensaya/ tu nombre ponga en la canción/ y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche/ con ansias y temores entre las linfas luche /llena de miedo y de pasión.”

El poeta maldito apuró la vida hasta las heces. Su discípulo, el poeta de San Francisco y el lobo, ruega que su “rostro de ultratumba bañe la Luna casta/ de compasiva y blanca luz/ y el Sátiro contemple sobre un lejano monte/ una cruz que se eleve cubriendo el horizonte/ ¡y un resplandor sobre la cruz!”

Paul Marie Verlaine murió el 8 de enero de 1896 en París.