Sin duda, somos un país de sorpresas. Nos dolemos de nuestros propios equívocos, pero insistimos en equivocarnos. Nos disgusta el engaño y la mentira, pero no sancionamos siquiera moralmente a quien nos miente y engaña. Al parecer, no escarmentamos de nuestros errores. No puede ser que a solo seis semanas de la segunda vuelta el 49 por ciento de los electores sigan permaneciendo en la penumbra de la indefinición. Es decir, casi la mitad de los votantes no han decidido aún si votarán por Keiko Fujimori o Pedro Castillo o qué harán con su voto, pese al peligro que se avecina contra la democracia.
A estas alturas creo que estamos informados de lo que representan cada uno de los candidatos. Sólo hay que leer o escuchar sus anuncios de campaña y sus planes y programas propuestos para el país. El profesor de primaria, Pedro Castillo, ha señalado, con total claridad que a poco de llegar a la Casa de Pizarro, si es elegido, convocará a una Asamblea Constituyente y cerrará el congreso de la República para elaborar una nueva Carta Constitucional que ni él mismo lo ha explicado bien y menos sus seguidores que se desgañitan en este sentido. Cerrará también el Tribunal Constitucional, eliminará las AFP para crear otro seguro de los trabajadores.
La población, que esperaba morigerara su discurso, sigue anunciando en su recorrido por calles y plazas que esta contienda democrática será, en realidad, una lucha entre pobres y ricos, entre pueblos oprimidos y opresores, en otras palabras, viene buscando agudizar las contradicciones en la población, según su mirada ideológica de lucha de clases, para confrontar y buscar que las brechas de desigualdad y de injusticia entre unos y otros, entre quienes tienen riqueza y quienes no la tienen, sea cada vez mayores.
Políticos, intelectuales, empresarios, emprendedores vienen señalando los riesgos que nos esperan de ganar una posición como la que representa el candidato Castillo. Sin embargo, hay necesidad de que estos mensajes de preocupación lleguen con claridad a los amplios sectores de la población que aún no son conscientes de su gravedad, según parece. Si no cómo entender el resultado de la primera encuesta nacional de la empresa Datum Internacional esta semana, realizada para un medio local, que arroja este resultado sorprendente de un 32% que afirma que aún lo está pensando por quién votará, un 15% que señala que no lo ha hecho todavía y un 2% que respondió que no sabe, siendo Lima y las regiones norte y sur las que concentran el mayor número de indecisos con un 32%, 33% y 34%, respectivamente.
La otra candidata en contienda, Keiko Fujimori, significa para el electorado todo lo contrario a aquello que representa Castillo: reactivación y estabilidad económica, orden social, respeto a los poderes del estado, especialmente a la independencia del Poder Judicial y el Ministerio Público, órganos garantes de que se cumplan las leyes y normas en el país. Hay en ella transparencia en lo que ofrece en su plan de gobierno y dice lo que hará. No se advierte los sobresaltos que se ven con el candidato de Perú Libre. Sin embargo, nada está dicho. Somos un país de definiciones y adhesiones recién en la mesa de votación. En la primera ronda, el ausentismo fue muy fuerte. Se espera que esta vez sea mucho menor. Y creo que será así, porque las condiciones son distintas y los riesgos mayores. Estamos advertidos. Con Castillo la alarma se enciende y el peligro se torna evidente. Con Keiko existe una aparente calma y hay la esperanza de que haya aprendido de sus errores pasados, por lo que muchos creen, como lo ha señalado el Nobel Mario Vargas Llosa, que votar por ella será hacerlo en defensa de la democracia.

 

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