En su novela El hombre roto, el prolífico y notable escritor marroquí Tahar Ben Jelloun (Fez,1944) aborda la corrupción a través de Murad, su protagonista, un hombre sensible y funcionario honesto. Sus compañeros lo critican por ir contracorriente; cansado de esto Murad un día acepta dinero y por fin se corrompe. Guarda sus billetes mal habidos entre las páginas del libro El ser y la nada, de Sartre. Al pudrir su honestidad, Murad se rompe como persona. Muchos de nuestros políticos están así rotos y por eso son incapaces de alcanzar un mínimo de autoridad moral, porque no hacen lo que dicen ni dicen lo que hacen y aprovechan indebidamente todo.
Vizcarra ha normalizado la impunidad, la corrupción, la mentira y la descomposición moral para gobernar. Ayer en el Congreso pretendió desvirtuar el audio en el que coordina e indica a sus ex colaboradoras, Miriam Morales y Karem Roca, mentir y ocultar información a la Fiscalía para obstruir una investigación que lo alcanza. “Reconozco que es mi voz”, dijo [pero] de ninguna manera voy a aceptar las acusaciones que se me hacen”.

Salvo honrosas y escasas excepciones, el actual Congreso carece de patriotas capaces de indignarse ante la podredumbre. Ya lo decía Manuel González Prada, “desde los comienzos de la vida republicana, nuestras Cámaras Legislativas hicieron un papel tan degradante y servil, que muchos diputados y senadores merecieron figurar en la servidumbre de Palacio”, (Horas de lucha, París, 1894). En los quince minutos que Vizcarra se dignó a hablar ante sus mucamas, perdón, congresistas, dijo: “Pido disculpas porque todo lo acontecido en los audios partió de una persona cercana a mi entorno”. Es decir, el problema se limita a que una colaboradora lo grabó.

Los congresistas, me refiero a aquellos rotos, balbucearon incoherencias usando la pandemia, la crisis económica, la estabilidad, la democracia, la cresta del gallo y el perico saltado. Y, de paso, pisotearon nuestra Constitución al obviar los mecanismos que garantizan la continuidad democrática y la estabilidad ante un eventual cambio de líder.
Vizcarra no es ejemplo a seguir, fue: ex apoderado de la corrupta Graña y Montero; líder del sangriento Moqueguazo; proveedor de un consorcio integrado por Odebrecht; promotor de la adenda del contrato de Chinchero como ministro de Kuczynski; conspiró para derrocarlo. Siendo gobernador de Moquegua despilfarró dinero regional para comprar el requisado Tláloc, atunero de la flota del mero Chapo Guzmán, del Cártel de Sinaloa. Nada ha sido adecuadamente investigado y, en algunos casos, fue irregularmente archivado por los fiscales Pablo Sánchez o José Domingo Pérez, dos personajes con los que coordina desde Palacio, según refiere Karem Roca en uno de los audios.
Roto está nuestro Perú.