Haya de la Torre, en mi opinión -poco objetiva, sin duda- el pensador peruano más importante del siglo XX, planteó a través de su óptica, dinámica, por cierto, la posibilidad de colocar al Perú entre los dos modelos cuyo antagonismo dio forma a la Historia de nuestra civilización durante el siglo pasado: ni con Washington, ni con Moscú.

Lamentablemente -¡qué placer hubiera sido escuchar o leer sus reflexiones sobre lo que habría de pasar!- Víctor Raúl no vio la caída del muro de Berlín y la unificación de las dos Alemanias en ese abrazo indeleble de noviembre de 1989. Haya tampoco vio a la otrora todopoderosa Unión Soviética tambalearse ante la Perestroika y el Glásnost, ni mucho menos pudo ver -ya en tiempo real y tecnicolor- a la Plaza Roja llenarse de vendedores de discos compactos de Madona, memorabilia comunista y la pronta apertura de tiendas como Prada o Luis Vuitton mirando directamente al mausoleo de Lenin.

Ahora los bustos de Denikin y Kolchak comparten con la frente en alto espacio, frente al Kremlin, e incluso han quedado inmortalizados cruzando miradas con Zhukov y Timoshenko. Murió, pues, el ideal del hombre nuevo. En mejores palabras que Joaquín Sabina, difícil: “no habrá revolución, se acabó la guerra fría. ¡Que viva la gastronomía”! Vuelvo a Haya de la Torre: la máxima que en su partido dejó tatuada fue la de la persecución de la justicia social, para alcanzar el ideal de pan con libertad colocando al Perú en un punto medio entre el capitalismo (en una versión más parecida a la de la International Fruit Company que a la de Rockefeller) y el poder monolítico del Comité Central del Partido y su represión asesina agazapada en los sótanos de la KGB de la Lubianka. La idea, a pesar de que Haya de la Torre no haya gobernado -injustamente: lo mereció en 1962- fue finalmente el eje del debate político peruano durante el siglo XX.

Su visión fue, pues, revolucionaria si es encajada en su propia idea de espacio y tiempo histórico. Hoy, sin embargo, es deber de quienes hemos decidido pensar el Perú desde la óptica de Víctor Raúl encontrar cómo hacer de los axiomas que su vasta obra dejó, una manera de echar a andar una verdadera revolución que coloque al Perú en el primer mundo antes de que este siglo se apague. Y las premisas están hoy meridianamente claras: los mercados libres y las sociedades abiertas son la mejor herramienta para combatir la pobreza, pues generan riqueza con transacciones libres en las que las partes se benefician mutuamente con cambios en los que cada cual valora el bien transado como subjetivamente más valioso que el que recibe. El mercado genera riqueza y la libertad anida mejor en Estados con separación de poderes, vocación republicana e instituciones sólidas que cumplan una misión de ida y vuelta.

Por un lado, deben proteger la integridad del Estado como entelequia y a la democracia como sistema de gobierno de ésta, pero -al mismo tiempo- las instituciones deben proteger al ciudadano -recordando siempre que la minoría más pequeña es el propio individuo- del poder monolítico que el Estado puede ejercer sobre todos nosotros. Con esas premisas como marco, la revolución del pan y la libertad con la que Haya de la Torre soñó yace, quizás, en lograr destapar la mayor fuente de valor que nuestra Economía y nuestra sociedad ofrecen: la normalidad. No tiene sentido llamarle “informales” a un grupo que representa el 75% de nuestra ciudadanía. Si entendemos a lo normal como una previsión de orden empírico, fáctico y promedial, encontraremos que los “informales” en realidad son en el Perú los normales. Raros y minoritarios somos quienes pagamos impuestos. Esa separación debe ser desterrada pronto.

Quienes estamos dentro de la formalidad solemos hablar de quienes no lo están con cierta carga peyorativa. Muchos -todos, demasiados- han hablado en el Perú sobre la informalidad y sobre cómo combatirla. Se han escrito lúcidos textos sobre los beneficios que con la formalidad llegan a cada ciudadano: los derechos de propiedad, el acceso al crédito, la posibilidad de constitución de personas jurídicas y la propiedad empresarial hereditaria que lo anterior implica; no obstante, nadie se ha tomado aún el tiempo de reflexionar por qué es que casi 8 de cada 10 peruanos prefiere vivir de espaldas a lo “formal”. Me permitiré ensayar una pincelada de respuesta sobre la cual he venido trabajando hace ya un par de años: no es que esos compatriotas no quieran vivir bajo el paraguas de la formalidad. Es que la formalidad no tiene nada que ofrecerles: han quedado atrapados entre la prosperidad del mercado y la burocracia lerda del Estado.

El mercado libre con su espontánea generación de riqueza permite un crecimiento astronómico (que explica por qué el Perú no ha colapsado en esta crisis), pero limita ese crecimiento a un limbo en donde los normales quedan obligados a operar fuera de las murallas de la legalidad. Y el Estado permite solo que algunos empresarios emerjan. Pero quienes lo logran no lo hacen gracias al Estado, sino a pesar de éste. Así, millones de peruanos hacen sus vidas, ajenos a los derechos que la formalidad les debe otorgar y ajenos también a los deberes que esos derechos reclaman. Entonces, en realidad hay dos países: el de los formales y el de los normales. Los primeros ven a los segundos con desdén y los segundos no pueden asumir los costos de la legalidad. Una legalidad que, además, no les ofrece más que paupérrimos servicios públicos y que les plantea más problemas que soluciones en una vida que ya es bastante dura de por sí.

La revolución entonces para el siglo XXI en el Perú estará en diseñar un sistema normativo que no sea impuesto por las mentes más brillantes y que tenga vocación de perpetuidad, pues esa es una utopía: el derecho no puede regular la libre decisión de cada persona. El error cometido, hasta ahora, está en pensar que se puede combatir a la informalidad. Pues no se puede. El profesor Hayek lo explicó -con otros temas- con solvencia absoluta: no se puede combatir la informalidad porque ésta es incausa. La llamada informalidad es la condición humana de todas las civilizaciones. La cuestión está en que algunas han escapado de ella y otras no. Las que lo han hecho han recogido de las costumbres de sus pueblos todos los usos normales y los han convertido en sistemas legales dinámicos que incluyan a todos en el mercado. Reducir la “informalidad” es un cambio; hallar una normalidad para todos es una revolución.

Las ideas de Haya de la Torre están más vigentes que nunca, y su revolución de igualdad de oportunidad pendiente y a la espera de jóvenes a la obra.