El secretismo con el que se maneja la información relativa a la pandemia, tanto en estadísticas, en medicamentos aplicables, en vacunas y prevención contra las mutaciones del Covid y las secuelas dañinas que provoca en los que se contagiaron y superaron el mal, parecería que estamos ante un inaceptable secreto de Estado que va a provocar graves efectos de gobernanza.

La hipótesis sobre la existencia de cláusulas en los contratos de compra de vacunas, en las cuales el gobierno peruano se somete incondicionalmente a las condiciones que le imponen las proveedoras, parece cierta; y más grave sería que los proveedores no le aseguren al Estado fechas fijas de entrega de las vacunas ni se responsabilicen por los efectos colaterales dañosos que ellas puedan producir.

El problema es que si la apuesta estatal para luchar contra el Covid se concentra en una vacuna preparada para enfrentar el Covid de la primera ola y no contamos con ella estando ya en la segunda ola, con variables del virus inmunes a la vacuna existente, las cuales se van multiplicando geométricamente, amenazando con muchas olas futuras más, parecería que el gobierno piensa que tendremos que estar en una eterna cuarentena para evitar contagios, pero sin preparar a nuestro sistema de salud para dar una respuesta cabal a cada nueva situación que se presente.

Si no podemos encausar la crisis de salud y la población va quedando en el más completo desamparo para curarse como pueda si se contagia o sobreviva como pueda evitando el contagio, el colapso económico es más que inminente porque no se podrá equilibrar el mercado con una oferta que responda razonablemente a la demanda.

No hay modo de pedir inversiones si los compradores se van empobreciendo día a día. No hay manera de planificar el desarrollo económico y social si no sabemos las estrategias en el corto, mediano y largo plazo en la lucha contra el Covid. La población económicamente activa tendrá una curva negativa en la cual los adecuadamente empleados pasarán a subempleados y éstos a desempleados y ni hablar de educación porque varias generaciones de jóvenes tendrán muchos obstáculos para acceder al mercado laboral y, ojalá no ocurra, podemos volver a lo ocurrido en los ochenta, cuando teníamos a los taxistas más ilustrados del mundo.

En resumen, no es posible gobernar planificando cada acción con recursos escasos, si no sabemos hasta cuándo y el cómo hacer para que la gente genere recursos, haya más inversiones y el Estado pueda mejorar los servicios públicos.