Un artista convoca por Facebook a varios extraños a una reunión en sala de zoom, nadie sabe qué se hablará en concreto. La pandemia nos ha tornado en ollas sin válvulas. Algunos por el estrés o el miedo, otros por la abrumadora cantidad de obituarios virtuales, muchos por la crispación de no lograr ingresos, algunos por la desolación.

Un club de la conversación, gratis, amable, empático, despolitizado y sin costo (como en las terapias regulares) convierte a las personas en oídos mutuos. No se compara al frío like en FB o al abrazo virtual que no se toca, tampoco tiene el calor de lo presencial, pero es lo que hay y surte efecto. Quizás muchos de ellos se vean al final y se abracen cuando todo acabe, quizás se formen vínculos imperecederos porque nada supera a una reunión en la que todos saben en el fondo que habitan la misma noche y soportan los mismos pesos. Ana cuenta que ha sido ganada por el horror de una racha, en la pandemia se desplomó el techo de su cocina, se malogró su televisor y aparecieron ratas que no sabía cómo desalojar.

Ella no tiene empleo. Martín perdió a sus padres, recuerda vívido aun, cuando arrastró sus cuerpos por las escaleras. Llegaron más tarde unos hombres que se los llevaron, y él sin saber. Muertes sin pompa, en soledad.

María teme contagiarse. Ve la desgracia en los noticieros. No asoma a la ventana y asume que cualquier evento podría matarla de la peor manera que puede concebir quien sufre un trastorno de ansiedad generalizada. Ella es asmática y cuando no es el asma, cree ahogarse de la nada. Le aterra la posibilidad de atragantarse, de perder el aire en un octavo piso, de…. Pablo perdió el empleo y no tiene la menor idea de cómo hacerse de un ingreso que, sin arriesgarlo, sirva para alimentar a sus hijos. Antonia ya no ve aquella genialidad del negocio propio que antaño era una utopía. Francisco es el enfermo imaginario, ni Moliere lo hubiera diseñado mejor. Le teme a los hospitales y la más mínima señal de cualquier cosa es la muerte segura gracias a Google. Manuel sufre del pos trauma. Hay más, todos necesitados de oídos calmos y de una sensibilidad viva al otro lado de la pantalla. Solo ahora reparamos de lo lejos que estuvimos siempre, pese a nues