El mundo se escora –bastante apresuradamente- a la izquierda. No precisamente por mérito de la ideología socialista sino, de manera específica, por un cambio central, vertebral ocurrido en marzo 13 del 2013. Esa curiosa combinación del trece duplicado permitió que, en segunda votación, los obispos en Roma eligieran Papa a Jorge Mario Bergoglio. Desde entonces, Francisco I quedó coronado como primer Papa jesuita de la historia. Inclusive el primer Papa desde Gregorio III que no es europeo. Y para más señas, el primero procedente de América. Otrosí, de Latinoamérica. Los paradigmas superados en la elección no fueron superficiales sino fundamentales.

Trascendentales. Y como conclusión, la humanidad ha asimilado este tránsito como una metamorfosis sociopolítica sin precedentes. Tanto que si a partir de esta efeméride indagamos en la historia sociológica, vemos que la Tierra ha consolidado un giro fundamental hacia la izquierda doctrinaria. Repetimos. No por factores ideológicos, sino porque las fuerzas políticas socialistas supieron aprovechar hábilmente aquel encriptado mensaje de la Iglesia Católica. Por si fuera insuficiente esta introducción, el mundo mira con asombro la manera en que, aceleradamente, la izquierda sigue atrayendo las simpatías de la mayoría de ciudadanos norteamericanos. Salvo sorpresas, la elección en un par de semanas favorecería al partido Demócrata, que ahora domina un sector izquierdista bastante avanzado. Izquierda que antes vivía como entenada de un partido Demócrata moderado. Tal es la mutación, que Kamala Harris, su postulante a la vicepresidencia, simpatiza claramente con el bando extremo de la izquierda estadounidense.

El desplome del comunismo, derrotado por la democracia occidental, trajo consigo grandes conquistas sociales. La izquierda ladina se apropió de ellas, para renovar su vetusto programa. ¿El objetivo? Atraer a los simpatizantes que había perdido por la verticalidad aplicada por la URSS, madre de las izquierdas contemporáneas. En forma progresiva este programa viene ganando preferencias, sobre todo en las generaciones jóvenes. Empezando por el movimiento gay, fundado a finales de la década de los setenta del siglo pasado, cuya progresiva consolidación –a través de las siglas lgtb- la celebran las comunidades homosexuales de derechas e izquierdas. Pero la izquierda igualmente hizo suyos movimientos como la igualdad de género, el cambio climático, el aborto, etc. Y sin pestañear, el matrimonio entre seres de un mismo sexo. ¡Qué diría Stalin! Aunque por décadas la Iglesia Católica rechazó estas dos últimas mociones -se resistía estoicamente-, sin embargo hace dos días por primera vez el Papa argentino alabó, Urbi et Orbi, la “legalización de las uniones civiles de parejas del mismo sexo”. ¡Todo un maremoto en la venerable Iglesia de Roma!

Sucesivas convulsiones violentas y pacíficas estallan en el orbe. Forman parte de esta maratón izquierdista por conquistar el mundo, aprovechando el desconcierto del centro y la derecha como deriva de su ausencia de banderas ideológicas e iniciativas claras para reducir la desigualdad. En consecuencia, los movimientos de centro y de derecha están quedando relegados en forma acelerada. La complejidad de esta transformación universal, aún no teniendo una explicación ideológica, favorece fundamentalmente el avance de la izquierda en todas las latitudes del planeta.