Fuimos testigos de una agresividad maligna, sumada a una intolerancia desenfrenada, por parte de una juventud ciertamente exacerbada para ocupar la calle y protestar con actitudes violentistas sin, necesariamente, conocer por qué, contra quién o para qué. Tradicionalmente, en tiempos de desconcierto social -como los que estamos viviendo- las juventudes han adoptado la decisión de reclamar, quejarse, rugir y rebelarse con vehemencia -inclusive fobia- como parte de su afán por evolucionar. ¡De ser anónimos expectantes a protagonistas directos! ¿La meta? Imponer su presencia y promocionar su capacidad de acción. Lamentablemente esta vez hemos visto a jóvenes cebándose con los mayores –llamándoles viejos lesbianos- sin reparar en que, si Dios es grande, ellos igualmente llegarán a esa etapa. Quizá entonces sentirán lástima por quienes, valiéndose de la distancia de los años, lesionan a sus mayores con una soberbia digna del más contundente de los rechazos. Las edades –cada una de ellas- exteriorizan particularidades inherentes. Buenas, malas o regulares. No existe prescripción lógica para comparar unas con otras porque, sencillamente, la esencia de cada época no admite hacerlo bajo parámetro alguno. El crío nada tiene que ver con el púber, como al imberbe no puede cotejársele con el adulto, ni al maduro con el mayor ni éste con el veterano. Son momentos y contextos muy disímiles de ver y comprender la vida. Cada temporada está rodeada de pros y contras. Y todas ellas se compensan conforme las personas descifran -e interiorizan- la realidad del momento que está tocándoles pasar.

Debe quedar claro que no existen superioridades –ni inferioridades- entre las edades de los seres humanos. Pretender imponerlas revelaría la intolerable pequeñez interior de quien lo hiciere. El cuerpo nada tiene que ver con el espíritu. Y este último –centro de la inteligencia humana- sabe comprender y asimilar las limitaciones del cuerpo que lleva consigo. Tanto que los mayores reconocen algo que los infantes –inclusive los jóvenes- usualmente prefieren no interiorizar. ¡Que el ser humano es mortal! Realidad demasiado potente como para menospreciarla maltratando a los mayores, soslayando el trajinar de sus años sin comprender que muchos son fuente de sabiduría, paciencia y resiliencia, frente al indescifrable avance del tiempo que, si bien quebranta la salud y afecta progresivamente al cuerpo, poco aflige a la voluntad. ¡Menos aún al intelecto!

Dicho esto, sería bueno que los jóvenes guarden su impetuosidad, brío y pasión para confrontaciones más provechosas que esas de subestimar, incluso humillar, a quienes les llevan la distancia de los años. ¡Eso es abusar del mayor! Recuérdalo, muchacho. Si Dios es grande te dará larga vida. Y si para entonces no estuvieses preparado para enfrentar las sucesivas etapas de la tuya, pues la vas a pasar ciertamente mal. Porque al no saber superar con inteligencia –y hondura de espíritu- las indirectas que recibas de quienes son tus menores, entonces tendrás adelante una adultez avinagrada y una senectud de horror. Nunca te vanaglories de tus bríos. ¡Porque todo pasa en esta vida! Recapacita. Todavía estás a tiempo. Convive con tus mayores y así serás más sabio.