Todos hemos visto en nuestros celulares o en la televisión, esa inaudita explosión que asoló hace unos días el hermoso puerto de Beirut. La columna de humo ya era impresionante pero la deflagración que vendría después, sin duda ha hecho historia y ha añadido a esta zona convulsa del mundo, estadísticas de espanto que parecía haber olvidado: 160 víctimas hasta el momento, muchos desaparecidos y más de 60 mil heridos en la ciudad por los efectos cataclísmicos de la explosión.

Sin embargo, allí en medio de la sangre y de los gritos -como aquí en las carpas y los pabellones repletos por los enfermos del coronavirus- hay gestas de servicio y heroísmo que nos ayudan a seguir creyendo en la compasión y solidaridad humanas. Aquí como allá han sido las enfermeras, al pie de las camas y en lo más tétrico y sensible de los pasadizos de los hospitales como en el lugar del silencio y de las ruinas, quienes han dado una lección de fe y de amor al prójimo.

Es, por cierto, inimaginable el escenario: cuerpos, casas, paredes, todo estallando y difuminándose en el aire caliente. También lo fue para el fotógrafo de guerra Bilal Marie Jawich que vive en las afueras de Beirut y que salió con su cámara a recoger los testimonios ardientes de la muerte. En esa travesía de horror y lástima se topó con una enfermera entre los escombros que tenía en sus brazos a tres recién nacidos.

Mientras muertos y heridos la rodeaban, ella con una calma increíble y con una fuerza misteriosa que la autocontrolaba y le daba aliento, explicó que salió del departamento de maternidad cuando la explosión golpeó el hospital. Luego declaró que fue empujada por un instinto inconsciente y cuando volvió en sí estaba caminando con los tres bebés en brazos.

En el hospital Saint George murieron 12 pacientes, dos personas que estaban en visita y 4 enfermeras. Son muchos ahora los pacientes en condiciones críticas. También la estructura quedó gravemente dañada, el 80% del edificio se derrumbó y el 50% de la maquinaria quedó destruida. Pero cosas del destino: durante la devastadora explosión nació un niño que se llama George y está muy bien. En el área de Ashrafia, frente al hospital Al Roum, una enfermera ha rendido homenaje a la vida y ha descubierto, como algunos felices, que dentro de nosotros hay algo que se redime con la muerte ajena y que nos impele también a no morir y salvar vidas.

Son hasta ahora 51 las enfermeras que han fallecido a causa de la pandemia. Nadie como ellas está más cerca de los enfermos. Sus historias, todas, son sencillas sagas de superación y fortaleza, de creencia en la solidaridad y en su propia vocación de servicio. Muchas, con sus familias enteras afectadas, sin apoyo oficial, con la desesperada demanda de sus pacientes, luchando día a día contra la adversidad y siendo parte de esa tragedia diaria que son los hospitales colapsados.

Honor y sencilla gloria a las enfermeras del Perú y del mundo. A quienes reciben y despiden a los pacientes aun a riesgo de su propia integridad. Paz y amor en sus tumbas para las que se fueron por el largo y desolado pasadizo de la muerte. En la violenta deflagración de Beirut y en las silenciosas de Lima y del país. Especialmente para ti, Melissa Ashanga Marichin, muchacha de 31 años, que fuiste la primera en inmolarte.