Con la puntualidad tacneña aprendida del abuelo Alfredo estuve a la hora acordada en la cebichería escogida por Rebeca Dorich para conversar. Fui puntual no sólo por la enseñanza y respeto al tiempo ajeno sino por el interés en su participación en Zanabazar Art Festival, encuentro virtual convocado desde Ulan Bator, capital de Mongolia. No tuve que esperar, a los poquísimos minutos llegó con una gran sonrisa y acompañada de Jorge Vela Damonte, historiador de arte, educador.

Escogimos mesa, hicimos el pedido. Empezamos con la limonada y la conversación que pronto me deja saber que en el Festival que se inaugura el próximo 10 de julio es la única presencia peruana compartiendo con artistas de Alemania, China, Suiza, Corea del Sur, Macedonia del Norte, Chipre, Estados Unidos, Francia, Rusia, Uzbekistán, Turquía, Azerbajan, Kosovo y Mongolia.

Con el cebiche en marcha hablamos de herencia cultural, iluminación y salud, los tres requerimientos de la convocatoria para el Festival que hace memoria de Ondor Gegeen Zanabazar, Rayo de Sabiduría, líder espiritual nacido en 1635, fallecido en Pekin en 1723. Pintor, escultor, arquitecto, diseñador de trajes, Zanabazar es creador de la escritura soyombo. Uno de sus ideogramas es símbolo nacional de Mongolia.

Las piezas que Rebeca escogió para el Festival los tienen en su trabajo con elementos ancestrales de la cultura andina y del mundo. En Wayra, 2016, collage sobre papel, 0.35 x 0.50 centímetros, con la figura del Chuncho; músico representado en una pieza de cerámica de Quinua; en Continuum, 2020, acrílico sobre papel de algodón, 0.20 x 0.20 centímetros, se unen la inkuña, tradicional prenda del vestido femenino en la sierra peruana, el ser en devoción y el triple fluir de la cruz trensada; para Hebras del limbo, 2017, acrílico sobre papel, un metro de diámetro, se remite a la mitología griega haciendo referencia al dios Mercurio y el niño Crocus.

Llega el muy oloroso chaufa de mariscos cuando estoy sabiendo que estas obras fueron mostradas anteriormente. En InnovArte, programa de la Universidad San Marcos, presentó Hebras del limbo. Le mereció ser nombrada Embajadora sanmarquina. Continuum fue respuesta a la invitación recibida desde Croacia para el proyecto 100 artistas contra el corona virus. Wayra estuvo colgada a la altura de la mirada infantil en Epifanías, muestra presentada en la Biblioteca de la Casona de San Marcos.

Hay chaufa, tiempo y ganas de seguir conversando con Rebeca de su ingreso en la Escuela Nacional de Bellas Artes el 2014, año del Centenario de su creación; los talleres exploratorios antes de elegir especialidad en grabado, “técnica de la que no hay mucha oportunidad de aprender”. Unos rabanitos en encurtido dulce son buen toque. Ahora dice, “un grabado, como toda obra de arte, es bueno por la técnica, el tema, su presentación, pero sobre todo si toca el alma del espectador y lo lleva a pensar, tal vez a una reflexión o motiva una acción”. En su trabajo, “…las imágenes surgen por intuición, las dejo que lleguen y luego descubro su porqué”.

Unos sorbos de limonada antes de decirme “Durero, me agrada, en sus grabados puso todo su ser. Son notables los aspectos compositivos, el cuidado y dedicación en la delicadeza de sus trazos y la variedad de recursos…”. Al recordar que muchas veces los vendía en los mercados, agrega, “así ponía al alcance de las personas algo sublime, sus vínculos con lo espiritual. Aunque no lo apreciaran a primera vista, esas fuerzas presentes en su obra estaban influyendo en el cotidiano del comprador”.

Ha corrido la hora, agradezco, deseo éxito en su nueva presencia internacional, nos despedimos y deja como sello su gran sonrisa.

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