La pedofilia, la pornografía infantil, la explotación sexual de niñas y niños y el turismo sexual infantil se normalizan galopantemente bajo nuestros ojos. De hecho, ya existe un movimiento conformado depravados, el MAP, Movimiento Activista Pedófilo (“personas que aman a los niños”, se llaman ellos). Los candidatos al 2021 deberían plantearse seriamente endurecer las penas para los violadores y, principalmente, la pena de muerte para quienes rompan la pureza de las niñas y niños, los exploten sexualmente o consuman esa depravación máxima que es la pornografía ‘snuff’ infantil (snuff, del inglés ‘snuff out’, morir en sentido figurado, llamada también ‘necro-pedo’, por necrofilia pedófila). El consumo pornografía infantil, especialmente ‘snuff’, alimenta una red criminal internacional de proporciones monstruosas y acciones abominables.

En setiembre del 2000 se desarticuló en Roma una red de italianos y rusos que transmitían por internet ese tipo de pornografía, alcanzando al mundo entero. Muchos de esos que se hacen llamar “personas que aman a los niños” pagaban para ver cómo evisceraban a un bebé, violaban a niñas de cinco años o empalaban a una jovencita en un árbol; atrocidades en vivo, vendidas a altísimos precios. Las macabras escenas eran observadas desde diversos países y para pagar, los consumidores de ‘snuff’ o ‘necro pedo’, exigían garantía de que los niños estuvieran realmente agonizando y no fuese un montaje.

La abominación de la explotación sexual de menores mueve miles de millones de dólares anuales y, paradójicamente, resulta también rentable para los ‘estudiosos’ del flagelo que evacúan consultorías inservibles. Es sucio buscar el bienestar económico y relevancia personal con la excusa de defender a la niñez, algo que en realidad requiere desprendimiento material, de dar y no recibir, como ejemplarmente lo hacen el actor mexicano Eduardo Verástegui y empresarios como Patricio Slim, entre otros.

Buena parte de la problemática de explotación sexual infantil nacional y global resulta de la ligereza con la que los medios abordan el tema, la falta de seguimiento a los casos, penas blandas, el poder de los pedófilos y que la psiquiatría considere este crimen una enfermedad cuando no es más que abuso puro y duro, simple maldad.

La atracción por niños en actitudes sexuales es el paso previo a tocarles indebidamente, violarles para cristalizar perversas fantasías, y eso está a menos de un palmo del asesinato por temor a ser descubiertos. Lo hemos visto una y mil veces en el Perú: niñas y niños violados, silenciados con la muerte y luego quemados para que no queda rastro de sus pequeños pasos sobre esta Tierra.