Los dictadores Nicolás Maduro y Miguel Díaz-Canel, además del socialista AMLO, han sido superados con creces en estulticia por el folclórico mandatario del sombrero y liquiliqui. En la cumbre castrochavista de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) de México, el presidente peruano Pedro Castillo hizo el ridículo al no poder hilvanar siquiera dos ideas. ¡Ni sabe leer bien! Habló mucho, mas no dijo absolutamente nada. Algunos lo comparan con ‘Cantinflas’, pero ello es un insulto a la memoria del genial comediante. Para mencionar algunas perlas, Castillo afirmó que la pandemia de la covid-19 es un problema “histórico” y que la Celac debe “concretar hechos concretos”. Por supuesto, no perdió la oportunidad para franelear a las autocracias de la región: “Perú tendrá relaciones con todos los países sin ninguna discriminación”.
Pedro Castillo y su esposa, la primera dama Lilia Paredes, también llamaron la atención por su vestimenta informal, por decir lo menos. El hábito, es cierto, no hace al monje, pero como te ven te tratan y, evidentemente, la pareja mal vestida solo pretendía dar lástima internacionalmente.
En efecto, el discurso plañidero de Castillo en su estadía en EE.UU. fue básicamente resaltar que un profesor rural/campesino/rondero por primera vez llegaba a Palacio de Gobierno. A su vez, hizo nuevamente gala de su incompetencia: le preguntaron por seguridad jurídica, pero respondió por inseguridad ciudadana. Incluso, dijo que el Perú tenía corruptos hasta para exportar. ¡Y así quiere incentivar la inversión extranjera!
Desde aquí rechazo las lágrimas que derrama afuera el Presidente: ¡no queremos la lástima de nadie! Señor Pedro Castillo, los peruanos hemos sabido levantarnos solos del terror y sangre que propiciaron sus amigos y haremos lo mismo tras el saqueo del país por corruptos de saco y corbata, como su jefe comunista en Junín. Usted, “maestro”, solo es un mero accidente en la historia, tal cual el coronavirus. Sí, es un virus que infecta todo de resentimiento, cuyo destino será ser recordado como el peor presidente del Perú.
Así de duro, pero tampoco es toda su culpa. Usted, señor Castillo, es el vivo ejemplo de que jamás se invirtió adecuadamente en educación. Se prefirió, pues, levantar inservibles y millonarios proyectos, como la Refinería de Talara o la Carretera Interoceánica, con el único y vil objetivo de robar. Y robarle a un país en donde todos sus ciudadanos no tienen cubiertas sus necesidades básicas no tiene perdón alguno. De esta atrocidad es culpable también cierta prensa que se acostumbró a venderse al poderoso de turno por un plato de frejoles (publicidad estatal).
La aventura del ignorante profesor del sombrero que alguna vez pisó la ‘Casa de Pizarro’ acabará, reitero, cuando el hambre azote al “pueblo”. Será muy oscuro el túnel, pero siempre hay luz al final. Resulta que mucha bonanza (y la ideología caviar) idiotizó a los jóvenes bicentenarios, quienes ahora vivirán en carne propia lo que es una recesión. Pero eso no importa, ¿no? Porque al final seguirán siendo dignos al no haber votado por Keiko Fujimori. Tremendos COJUDIGNOS que son.

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