Al escritor Pedro Novoa lo conocí una noche de invierno. Mi buen amigo, el editor y escritor Harold Alva se había reunido con él. Nos encontramos en un café y empezó una conversación amena, en la que discutimos las lecturas de esos días y las publicaciones de los colegas. Seguro, antes de mi llegada, urdieron planes literarios, con esa ambición y seguridad que tienen las personas que dejarán huella.

Novoa era un intelectual vital. Al que le inquietaba la calle, o el callejón, los seres apasionados y oscuros. Lo primero que pude leer fue su novela, Seis metros de soga, publicado por Ediciones Altazor en 2010. Era, según entiendo, su primera publicación. Un trabajo técnico sobresaliente, polifónico, en el que el vaso comunicante es la historia de una anciana que teje esos seis metros de soga que le servirán para ahorcarse y que, a modo de lucha contra los males de la senilidad, escribe cada día las historias que se oscurecen en su memoria; como la del Polvora, un boxeador ya retirado, enfermo, disminuido, angustiado por la muerte, recluido en un nosocomio, tratando de recuperar sus momentos de gloria. Seis metros también es la que separa cada esquina, en el cuadrilatero del Amauta.

El reconocimiento en diversos concursos literarios siguieron año tras año. Finalista del Herralde, del Copé, del Hemingway; ganador en el Vargas Llosa, Las mil palabras y otros cuantos más. Publicó sus columnas de opinión sobre libros, escritores y escritoras, y algunas entrevistas en el diario Expreso, por si la curiosidad nos gobierna.

Hace poco nos enteramos que sufrió de covid, y luego, el cáncer. Sus buenos amigos y admiradores hicieron lo posible por apoyarlo, por exigir ayuda. No fue suficiente. Pedro Novoa nos dejó el 6 de marzo y su partida nos entristece a todos.

Esa noche de invierno, después de esa larga conversación, cuando la neblina ocultaba el alto de los edificios y apenas se veían autos en las calles, nos dimos un fuerte apretón de manos: debemos seguir hablando. Y sí, así será.