Las democracias más solidas se sustentan en agrupaciones políticas permanentes, cada una con su propia identidad ideológica, su programa y sus dirigentes exhibidos en continuo debate en torno a los problemas que interesan a los ciudadanos; así, la campaña electoral solo busca conquistar el apoyo transitorio y emocional de la minoría electoral que no siente ningún compromiso con esas opciones. En cambio, las elecciones generales en el Perú se han convertido en un thriller donde el suspenso se construye a partir de la falta de personalidad de los personajes, pues tan pronto alguno aparece como abanderado del liberalismo económico, termina intimando con representantes del brazo “legal” de Sendero Luminoso; con esa misma ductilidad, quien dirigió al Conare-Sutep, facción extremista y vinculada a ex terroristas, promete calidad educativa en beneficio de los niños y nos sorprende suscribiendo un compromiso de moderación, avalado por la ex candidata que durante 5 años no pudo pronunciar ninguna crítica al régimen de Chávez y Maduro.
Tanto se ha subordinado la política al marketing, que pareciera que la película electoral le niega al espectador las claves necesarias para descubrir el final. Se otorga al juego de imágenes y sensaciones mucha más importancia que a la representación de las verdaderas tendencias, intereses y necesidades de los grupos sociales. Primando la ficción sobre la realidad, pues los especialistas en campañas electorales confían en seducirnos graduando sus verdades, calculando sus mentiras, de modo que el liberal termine votando por el estatista, el idealista defendiendo al comunista, el emprendedor aplaudiendo al expropiador. El objetivo es nuestro voto, una vez emitido dejaremos de importar, pues ganadores y perdedores estarán en lo suyo, unos preocupados en consolidar su poder y los otros en subvertir el orden con manifestaciones violentas.
No todo es culpa de los políticos. La oferta suele acomodarse a la demanda. Como la mayoría de electores no asumimos con responsabilidad nuestra condición de ciudadanos, no exigimos a quienes nos piden prestada nuestra personal partícula de poder cada 5 años, que constituyan una organización política seria y programática entendida como una marca permanente, que nos garantice calidad del producto ofertado, y no solo un conjunto incoherente de propuestas surgidas del cálculo inmediatista de focus group y encuestas comerciales.
El mejor final del thriller sería que, en un rapto de realismo y lucidez, la opción que gane la segunda vuelta recuerde que su verdadero respaldo no supera el 20 por ciento, y por ello, se proponga construir una sólida alianza gubernamental, con un programa de consenso, garantizando gobernabilidad y estabilidad al país.

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