Qué rápido invade la decepción respecto al presidente Francisco Sagasti, alguien muy superior en pergaminos académicos, conocimiento, experiencia internacional y auspicio público que Manuel Merino, y sin embargo en su misma línea media de apuros, desatinos e improvisaciones.

Porque solo las buenas formas y el lenguaje marca Concytec del mandatario hacen hoy la diferencia de lo que en el fondo dibuja un perfil similar a su antecesor en cuanto a precipitaciones temerarias y absurdas. En apenas dos semanas, la prueba de esfuerzo de Sagasti arroja que el diástole populista y oenegero carece de un sístole prudente y reflexivo.

El caso de los cambios en la Policía Nacional, por donde se le mire, es la sombra más patética que recae sobre la administración transitoria del también congresista morado. Allí abundan las contradicciones y apariencias de firmeza desde que el 22 de noviembre sostuvo en el diario La República que no iba a reformar esa institución, “por unos malos elementos” para pocos días después avalar el descabezamiento de 18 generales.

Renglón seguido dijo el domingo 29 a cuatro colegas periodistas que otorgaba toda su confianza al ministro de Interior Rubén Vargas y que no le temblaba la mano “ni cuando acaricio, escribo o golpeo”. Efectivamente, en menos de 72 horas no le tembló la mano para acariciar el malabarismo, escribir el nombramiento de un nuevo titular del Interior y darle así una bofetada política a Vargas, vehículo de la purga policial.

Frente a la algarada violenta contra la Ley de Promoción Agraria, como en los mejores tiempos de Martín Vizcarra y su premier César Villanueva (ambos imputados por corrupción), solo le quedó a Sagasti la alternativa de bajar la cabeza y jugar en pared con un Congreso que marcha mayoritariamente por donde sopla el viento. Ninguna atingencia con liderazgo para advertir los sinsabores que se nos vienen en lo que el mismo Sagasti calificó en una entrevista con Mávila Huertas como la alternativa de motor económico a la minería: la agroexportación.

A propósito de su reciente fallecimiento, se ha recordado la frase de Diego Armando Maradona en el homenaje que se le tributó el año 2001, en el estadio La Bombonera: “yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”.

Maradona hizo ver cómo las malas decisiones que tomó y afectó su salud física y mental, no alcanzaban al deporte donde brilló con luz propia.

En cambio, las malas y cambiantes decisiones de Sagasti –un suplente que ha ingresado a la hora final del partido– sí impactan a todo el equipo peruano y mancha la pelota con la cual los demás tendremos que seguir jugando difíciles encuentros los próximos años o quizás muchas décadas.