Perdonar, divino tesoro

Perdonar, divino tesoro

Dice Barcia en su fabuloso diccionario, que el odio es pasión ciega, arraiga en el corazón y no lo deja. No es la furia pasajera sino la ceguera del rencor que arde y perdura.
Lo discutía en un evento sobre el perdón. Ocurre que el odio no se fundamenta en lo externo y no tiene, por tanto, una justificación desde el otro. Y me preguntaban, ¿cuánto odiamos los peruanos? Lo suficiente para alejarnos de la idea de república. La república es una fuerza que une.

No hay república cuando lo que impera es el odio, el odio al indio, al criollo, al caudillo enemigo, al APRA, al sistema, al fujimorismo, al que piensa distinto, al sacerdote, al viejo, al hombre, a la mujer, al moderado, al pecador, al virtuoso y hasta a la Constitución.

¿Se puede perdonar? Confieso que me ha ido mal como busca-perdón, el del perdón a aquel que produjo la muerte de un hijo, un hermano o un padre o el perdón al padre que golpeó al amigo o el perdón a quien le hirió. Mi mayor atrevimiento fue hablar del perdón a un padre cuyo hijo había muerto por la negligencia de un hombre. Su tormento me advertía de dos muertos, él y su hijo. Enfermó. El perdón cierra el círculo, libera, resucita, deja ir. El perdón es, según Barcia, la remisión o la absolución. Lo que no dice es que es la absolución de quien perdona. Remitir es volver todo a cero, pero la memoria existe y nada borra el acto y si el dicho de Nietzsche fuera cierto, llevaríamos esa carga repitiéndose a lo largo de miles de vidas en la ley del “eterno retorno”. Cada acto hecho es un sello, está allí y no remite, solo remite al interior de quien perdona.

El perdón es la redención del corazón cuando acepta lo que ocurrió y acepta al que lo hizo y se acepta; que humanos somos, unos más perversos, pero humanos al fin. La justicia existe para dar rigor a nuestra pacífica convivencia. Perdonar siempre se puede, es el acto entrañable e insobornable de lavarse. Reconciliarse no siempre se puede porque quizás tu padre que se fue o que te hirió ya esté muerto o porque ya no es apropiado o porque los vínculos no se fuerzan.

Perdonar es cerrar el círculo, pero este solo se puede cerrar desde tu propio corazón.

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