En nuestro país se montó una conjura la noche del sábado 14 de noviembre del año pasado, para defenestrar a Manuel Merino, quien había asumido la presidencia de la República al amparo constitucional.

En la Ley de leyes, hay un Artículo, el 115 (recomendación a la Generación del Bicentenario, para que lo puedan llegar a entender): “Por impedimento temporal o permanente del Presidente de la República (Vizcarra fue vacado de acuerdo con la Carta Magna), asume sus funciones el Primer Vicepresidente. En defecto de éste, el Segundo Vicepresidente (Mercedes Araoz ya había renunciado tiempo atrás). Por impedimento de ambos, el Presidente del Congreso” ¿Y quién era el Presidente del Congreso? Manuel Merino, en consecuencia en apego al orden constitucional, jurídico y el Estado de Derecho, que tiene que regir en toda nación civilizada, asumió Merino ¡Ya más fácil, imposible!

Merino era un peligro para Vizcarra, las ongs, los medios de comunicación social (aquellos que recibieron plata de Reactiva Perú y de la torta publicitaria estatal) los caviares y la Generación del Bicentenario (pulpines que en su vida han leído la Constitución Política y menos han llevado el curso de Educación Cívica y si lo llevaron fueron jalados).

Lo mismo hicieron con Pedro Chávarry, entonces Fiscal de la Nación, con los miembros del Consejo Nacional de la Magistratura (CNM), con el Ministerio Público y el Poder Judicial.

Esta gente, han copado todos los estamentos del Estado con el fin de protegerse entre ellos mismos y así evitar que se descubra toda la corrupción reinante, es por eso que hay candidatos que alientan y saben bien que los protegerán si salen electos.

No existe una lucha contra la corrupción, somos espectadores de una protección de la corrupción entre ellos.
¿Qué hemos hecho los peruanos, para que el país esté en la situación tan paupérrima política y socialmente?

Los valores, los principios, la ética, la decencia, la honestidad y hasta la palabra se desliza por el botadero, sin rubor y la pestilencia es mucho mayor, la mentira se ha institucionalizado y la solidaridad se ha convertido en palabra extraña.

La pandemia de la corrupción está desbordando, casi nadie se salva y realmente para aquellos que estamos en los 60 años, nos preocupa ¿Qué país vamos a dejar a nuestros hijos y nietos? Ellos no merecen tanta bazofia política.

Nunca antes hemos visto tanta roña política; gente neófita, aventurera y hasta díscola en un Congreso de la República, que no representa a nadie, salvo a sus intereses personales.

Lo que más preocupa, en un posible escenario en que se lleven a cabo las elecciones no hay por quien votar y de los candidatos al Parlamento, mejor ni opinar; hay una avalancha de pulpines, que desconocen las funciones de un congresista. Ofrecen de todo, demostrando un desconocimiento descomunal.

Ejercer un cargo de elección popular es un orgullo para uno, pero no carta libre para robar, traficar, negociar y estar inmersos en prebendas, eso deshonra.