Hace unos días me preguntaban, en una entrevista, acerca de mi origen y de mi niñez; mencionaba que provengo de un pequeño lugar donde comienzan las montañas en el norte del Perú, se llama Bolívar y políticamente pertenece a la provincia de San Miguel y al departamento de Cajamarca; sin embargo, por encontrarnos en la cuenca del río Zaña, tenemos mayor contacto con las ciudades de Chiclayo (Lambayeque) y Chepén (La Libertad); crecí en medio de cañaverales, el trapiche, las barricas y el alambique; mi padre continuó con el negocio familiar iniciado por mi abuelo: elaboración de aguardiente de caña. Hago este introito porque deseo relievar esos primeros años de vida en mi terruño, recordando la felicidad de una etapa que nunca volverá.

A lo largo de mi existencia he venido dándome cuenta de lo feliz que éramos con tan poco; sin embargo, en medio de ese paraíso, convivía también el hambre y la miseria; había hogares con una prole numerosa, quienes debían ingeniárselas para alimentar a tantas personas; pude comprender que la hambruna no se trata de no tener alimentos disponibles, sino de la capacidad para poder adquirirlos; la vista era desgarradora: niños con vientres abultados que se dormían en plena clase; la ausencia del Estado era más que evidente, sólo la iglesia católica apoyaba con alimentos de “Cáritas” a cambio de trabajo en beneficio de la propia comunidad; nuestras autoridades hacían las gestiones ante la autoridad provincial o departamental, quienes ofrecían el apoyo, ya sea con alimentos o materiales; sin embargo, el flete desde dichas ciudades hasta mi pueblo representaba mucho más dinero que lo realmente se recibía.

La gran mayoría de mis paisanos son agricultores, no todos cuentan con parcelas o terrenos propios, no cuentan con capital de trabajo a su disposición; la mayoría de las tierras no cuenta con irrigación y solo puede ser cultivada con la lluvia, la misma que no siempre llega; no pueden acceder a los fertilizantes que son caros; es imposible el uso de tractores debido a lo accidentado del terreno. Esta situación se repite en casi todo el país, los pequeños agricultores viven una vida llena de dificultades, sin mayores opciones o alternativas; la extrema pobreza se agudiza cuando ofrece sus productos y el precio está por los suelos, así como cuando quiere comprar algo, los precios son altos.

En la ciudad, estamos acostumbrados a disfrutar de la innovación y del espíritu empresarial; nuestros hermanos del interior sólo tienen referencias de ello; nadie puede dudar de la eficiencia de estas personas, pero siguen siendo pobres. Estas personas necesitan un trato justo en el mercado, como todos los demás; sabemos que nuestro país está abierto a los negocios, la agricultura es un negocio; hace décadas se ha liberado el mercado, el Estado se apartó de la compra y venta; sin embargo, la retirada no fue hecha de manera eficiente; nuestros agricultores no han logrado convertirse en actores comerciales altamente productivos. El precio que significa llegar a un mercado competitivo es sumamente alto, muy poco de la producción agrícola llega al mercado; nuestros mercados -en el amplio sentido del término- son muy débiles, no solo por la débil infraestructura en carreteras y telecomunicaciones, sino también por la ausencia de instituciones necesarias, como: información climática, precios de los productos agrícolas, formas de contactar a compradores y vendedores; los intermediarios son quienes lucran a costa de quienes realmente trabajan la tierra.

Necesitamos, más que anuncios, acciones, las cuales deben estar orientadas a agregarle valor a lo que producen nuestros agricultores, mejorando sus opciones , ofreciéndoles alternativas, haciendo crecer y desarrollar a nuestra agricultura, contribuyendo -de esta manera- al crecimiento y al desarrollo de nuestro Perú; estoy seguro de que, así, iremos encontrando nuestra felicidad.

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