Suben los guarismos de la popularidad del presidente Vizcarra, sin embargo bajan los indicadores de la Bolsa de Valores. Podrá alegarse que en esto último incide la guerra comercial que, a nivel planetario, ha desatado Donald Trump, presidente de EE.UU. Sin embargo para nadie es un secreto que el pulso de nuestra confianza empresarial anda bastante afligido. Ya no solo por los nubarrones que ensombrecen el panorama económico internacional, sino por esa irresponsable confrontación política que viene atizando el presidente Vizcarra desde julio pasado. Es más, precisamente hace dos días, apenas escasas horas después de que Vizcarra lanzaba su imprudente amenaza de disolver el Congreso, el presidente del Banco Central, Julio Velarde, encabezaba una delegación peruana que participó en el Roadshow Nueva York 2018. Sin duda su comentario, por más prudente que quiso ser, fue que “Las expectativas empresariales se estarían viendo afectadas por los enfrentamientos políticos, lo cual obviamente repercute en el PBI”. Insistimos, Vizcarra continúa pensando que gobernar el Perú es como administrar Moquegua. Por eso mete tanto la pata.

Es más, en vez de conseguir un grupo asesor desprejuiciado y ajeno a los vaivenes pro o anti fujimorismo, Vizcarra persiste en rodearse de gente que le hable al oído para calentarle la cabeza, y de esa manera seguir ahondando esta atosigante atmósfera de incordios, confrontaciones y pendencias que cada hora viene enrareciendo más nuestro suficientemente caldeado clima social, económico y, desde luego, político.

El índice de la Bolsa de Valores de Lima ha perdido más de 5 % desde enero, pese a que ya el año pasado había sufrido una merma importante por la caída del precio de los minerales. Y por más que la respuesta facilista del oficialismo sea que el país sigue captando inversiones en minería, habría que recordarle al presidente Vizcarra que los contratos suscritos por su gobierno –básicamente con Southern, Shougang–, así como otros que estarían por hacerse efectivos, corresponden a proyectos que vienen de muchos años atrás y que recién están poniéndose en valor gracias al precio de ciertos minerales. De manera que poco tienen que ver con la situación local.

Inquieta también que debido a la ralentización de las inversiones y consecuentemente a la falta de crecimiento de la economía –con sus secuelas directas en el trabajo y el bolsillo de la gente– existan alarmas encendidas alrededor del aumento de pasivos que estaría soportando el sistema financiero, por efectos de una espiral de endeudamiento privado –fruto de un consumismo elevado cargado a las tarjetas de crédito, además de sendas obligaciones hipotecarias– que bordearía montos significativos para la actual estrechez de la economía nacional. Peor todavía, con síntomas de progresivo retraso en sus amortizaciones.

La presencia de secretarios en vez de ministros –como viene ocurriéndole al Perú desde el desafortunado régimen nacionalista– impide que las autoridades del MEF aconsejen como corresponde al presidente Vizcarra. Resulta temerario que el mandatario de un país –con una economía limitada hace siete años– siga empeñado en echarle bencina al fuego apelando a la querella, en vez de privilegiar el diálogo.