Nuestro mundillo sigue dirigiéndose al caos por culpa de unos malandrines que se hicieron llamar presidente de la República, jefe de Estado, mandatario o lo que fuere. Hablamos entonces de una gavilla de facinerosos que se apropió del país para hacer solamente lo que convendría a sus intereses. ¿El pueblo? ¡Que arree! ¿Qué podría importarle la sociedad a algún bribón decidido a asaltar al Estado, robarle al ciudadano, enriquecerse y, encima, darse la gran vida, pasándola bomba como la máxima autoridad de una nación -triste como la nuestra- rodeado de ganapanes, chupamedias y adulones, como es esa enorme mayoría de politiqueros que anidan en este país? Si bien el individuo -aquel que candidatea a la presidencia- es quien finalmente aparece como el miserable que llegó a palacio para estafar al pueblo y, encima, darse ínfulas de defensor de los pobres y justiciero contra los ricos, finalmente será usted, señor o señora, el o la responsable de que tengamos a ladrones en el poder. Porque, amable lector, ni Humala, Kuczynski -tampoco los sucedáneos Vizcarra y Sagasti- habrían anidado en palacio sin el voto fantasioso de tantísimo ciudadano que, tontamente, creyó en los cantos de sirena que les entonaban aquellos canallas trajeados de candidatos a presidente del Perú. Estamos todavía a tiempo para poner algo de seso al momento de llenar la cédula de sufragio y colocar nuestro voto en la urna. No se trata de una rutina, un ejercicio de audacia ni un hecho baladí, aquello de empoderar a un tercero para que nos lleve de las narices, como ocurre con tantos postulantes a la presidencia que, sin saber administrar sus hogares, pretenden gestionar un Estado que le pertenece a treinta y dos millones de connacionales.

No, amables lectores. Precisamente esta es la cultura suicida que nos viene conduciendo al desastre sociopolítico y económico que ya avistamos. Sus avances los convalida usted ahora por la falta de trabajo, desatención a su salud o la monumental crisis socioeconómica que tenemos delante nuestro. No obstante, sepa que estamos al borde de otro precipicio. Uno al que nos empujan candidatos comunistas disfrazados de luchadores sociales que prometen la felicidad citándonos de ejemplo a Venezuela, Argentina, Cuba, Nicaragua, cuando allá impera la miseria y la tragedia como un común denominador, y la tiránica falta de libertades como el pan de cada día. ¡Jamás presten oídos a lo que les garantizan los candidatos comunistas! Ellos sólo buscan hacerse de la presidencia para convertirnos en otro satélite del marxismo internacional. ¡Esa es su estrategia! Conversen con otras personas de sus círculos familiar, amical, laboral. y procesen lo que escuchen sin espíritu vengativo ni ánimo destructivo, desechando los mensajes populistas que sólo sirven para ahondar las crisis y entronizar a otros rufianes infestados del virus de la maldad, la envidia y el odio de clases.

Estamos a dos semanas de una elección que decidirá nuestro futuro como nación democrática, o como repubilqueta marxista. Vean el drama de los venezolanos, engañados por el comunismo. Voten con el cerebro. ¡Nunca voten el hígado!