Tenía el hábito de recoger mis notas con el mal augurio en la boca. Era un ritual de fe inversa. “Me van a jalar en este examen” concluía con una buena nota. Aplicado a varios sorteos extrañamente ganados precedía un “tengo mala suerte”. Era una provocación al destino, pero la negación de la feliz profecía daba resultados. Quizás quedó impregnada aquella frase de un amigo: “cuando esperas algo no ocurre”.

Ninguno de los trabajos y circunstancias me los busqué, llegaron sin esperar y lo planificado no salía tal cual. “Que las cosas ocurran, no esperes de nada ni de nadie”. Lo primero deviene en frustración, lo segundo en decepción. Son dos términos que difieren. Frustra la espera trunca y decepciona quien no estaba a la altura esperada, uno mismo en ocasiones. Personas estimadas, por nada se van con un silencio inopinado, un silencio negativo como en la administración estatal, que es una presunción de “No”, vallejianamente sin que hubiéramos hecho nada. Así entra y sale la gente de este viaje que carece de reglas de cortesía y de manuales.

Por lo general, a la inminencia de un evento imagino, pero al ocurrir nada fue tal cual. Puede ser igual o puede ser mejor, pero es mejor ahorrarse las expectativas. Cuando creía que sería un esperpento en una mesa, daba mi mejor discurso… y a la inversa. La planificación para los contadores… aunque es de asumir que la vida no es una línea ni admite cálculos a futuro. ¿Alguien que planeó invertir en un restaurante en noviembre de 2019 imaginó siquiera la posibilidad de una pandemia? No, claro; ahora desde una guerra a un asteroide entran en la mochila.

Fui por asociarme con Fulano y terminé editando un libro, fui por una entrada de cortesía y casi me arrastra un bus o fui para hacer política sin saber que iba para conocer a la persona con la que me casaría. Es la vida, no hay que buscarle trazos.

Enero de 2015. Tras algunos años de contratos de breve vigencia, la gran empresa me llamó con celebración: “Vas a firmar por fin tu contrato indefinido”, esto es algo así como: “para siempre”. Una hora más tarde por los portales de la Plaza San Martín, la voz interna susurraba: “La vida no puede ser tan perfecta”. No lo fue. Dos meses después me invitaron a renunciar… por nada. No pidas que me alquile para soñar.