La Doctrina Social de Iglesia (DSI) que fija su inicio con la Encíclica Rermum Novarum del Papa León XIII, ad portas del siglo XX (1891), es una invitación a los católicos y a las personas de buena voluntad, a trabajar por el bien común en los distintos ámbitos humanos: familiar, económico, político y social. Esta primera Encíclica llama la atención sobre la situación de los obreros, especialmente penosa, durante la primera revolución industrial.

El corpus de esta DSI se desarrolla y amplía a lo largo del siglo XX y XXI con los escritos de los distintos Pontífices, sobre el particular; siendo Juan Pablo II, quien más aporta con sus encíclicas, a fortalecer las ideas madre de la llamada “cuestión social” e invoca a los laicos a participar en los asuntos económicos y políticos que atañen a las sociedades en busca de la justicia y el bien.

La DSI excluye al marxismo como remedio a los problemas de los obreros de la industria, desde el inicio y, más bien, expone unos principios sobre el derecho al trabajo digno y el derecho a la propiedad, sobre el principio de la “colaboración”, que se contrapone a la “lucha de clases”, como medio fundamental, para conseguir el cambio social, el derecho de los débiles, la dignidad de los pobres y las obligaciones de los ricos; proponiendo el “perfeccionamiento de la justicia social” mediante la solidaridad, el entendimiento y la construcción de sociedades de paz, contrarios a la “cultura de la muerte” y la “cultura del descarte”.

A su vez, propone una participación del Estado como promotor y subsidiario, que acude en ayuda del esfuerzo de los ciudadanos; pero rechazando las ideologías totalitarias, materialistas y ateas asociadas en los tiempos modernos al comunismo y sus distintas expresiones políticas, como es el caso del “Socialismo del Siglo XXI”, implantado en Venezuela por Hugo Chávez.

Por otro lado, rechaza el liberalismo, cuando éste propone una “ilimitada competencia” entre las fuerzas económicas que se ciega ante la “prioridad de la persona” frente al capital, y a la práctica del bien común en el ámbito de la empresa; rechazado en la práctica del capitalismo: el individualismo y la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el “trabajo humano”. Cuestión que, como hemos visto en los comerciantes peruanos, llamados los “ángeles del oxígeno”, es perfectamente viable, conservar el precio justo y las buenas prácticas comerciales siempre y, en especial, cuando la sociedad vive una emergencia sanitaria como la actual.

A propósito, escribió Benedicto XVI: “Si el mercado se rige sólo por la justicia del valor de los bienes que se intercambian, no llega a producir la cohesión social que necesita para un buen funcionamiento. Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica, hoy precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es realmente grave.”

Estas enseñanzas de la DSI dieron lugar a las democracias cristianas, que de manera equivocada quisieron captar el voto católico; porque la Iglesia deja en libertad a sus miembros, en cuestiones políticas y, más bien, propone abrirse en abanico, sin abandonar la visión humanística y cristiana para construir una sociedad solidaria pro vida, pro familia y pro valores, lejos de una izquierda marxista y una derecha materialista-hedonista.

En la actualidad, Renovación Popular es quien ha elaborado su Plan de Gobierno desde el enfoque de la DSI, lo cual no significa respetar la libertad de todos, a emitir un voto consciente y responsable.

Ex congresista de la República