El que pestañea pierde. Es una de las causales que se dan en la elecciones. Siempre las últimas semanas son las más complicadas para los postulantes, fundamentalmente al cargo de presidente de la República. Keiko Fujimori lo sabe muy bien, porque lo ha sufrido en carne propia. Hoy, sin embargo, el pánico cunde en las tiendas del movadef que alberga al candidato Pedro Castillo, auspiciado por el comunismo. Desde un inicio esta candidatura transpiró confusión debido a la bicefalia en su dirección. Por un lado, aparecía la figura de un maestrito andino con facha de corderito que logró capturar el poderoso sindicato de maestros encabezando la representación de un frente llamado Conare-Comité Nacional de Reorientación del Sutep. Ente patrocinado por las huestes senderistas del camarada Gonzalo, constituido para engullirse al gremio magisterial vía su sindicato. Castillo descabezó a la dirigencia de Patria Roja –no es poca cosa- y así se apropiaría, de la mano del abimaelismo, de una potente fuente de influencia política. Sobre todo en los niveles alejados del ruido capitalino. Pero Castillo no tenía un partido político. Entre tanto Vladimir Cerrón, expresidente de la región Junín que ya había sido denunciado, procesado y condenado por corrupción, tenía la marca Perú Libre inscrita como partido político. ¡El hambre y la necesidad hermanados! Pero a Cerrón le interesaba Castillo sólo como careta para ejercer el poder tras el trono, visto su impedimento a candidatear a la presidencia por ser un condenado por corrupción. Castillo inscribió su candidatura para la elección de abril pasado, el último día admitido por el Jurado Nacional. Su sorpresiva performance en la primera vuelta despertó las expectativas de Cerrón. Pero sobre todo, de la izquierda peruana en general. Pero al día siguiente de la primera vuelta Cerrón apareció fungiendo de vocero de Perú Libre, develando el tinte marxista, leninista, senderista del partido que lleva como postulante presidencial a Castillo. Allí surgieron discrepancias por la conducción de la campaña para el ballotage. Castillo pretendió remover a Cerrón, pero acabó mal. Hasta que el pasado fin de semana el círculo de Castillo se habría sentido fortalecido arropado por el inefable Salomón Lerner Ghitis y esa misma camorra caviar que rodeara a Toledo y luego a Humala. Un clan que cohabita con quien fuere, con tal de ostentar poder.
Pero las pendencias internas siempre acaban trascendiendo los límites de las tiendas electorales, al desembocar en las redes sociales que multiplican al infinito la magnitud del pleito. ¿Resultado? El electorado pierde confianza en el candidato, y la postulación empieza a hacer agua. La rivalidad al interior de la tienda comunista no pudo llegar en peores momentos. Mientras Keiko Fujimori acumula un crecimiento consistente en el favoritismo de la opinión pública -lo que ha puesto con los nervios de punta a todos los asesores del maestrito pro sendero- éste último cae permanente en las preferencias del electorado, como consecuencia de que la opinión pública ha venido tomando nota, cada vez más clara, del peligro que implica el caballo de Troya disfrazado de humilde profesor.

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