Los humedales peruanos, que incluyen a los bofedales, contarán pronto con una legislación que incluye sanciones y penas, debido a que son explotados ilegalmente, delito que no es sancionado. Además, lo novedoso es que integra la participación de los pobladores con todos sus saberes en la gestión sostenible de este recurso, del cual viven montaña arriba. Se espera que con más estudios se conozca su delimitación, se identifiquen las turberas o bofedales en el país y se garantice su conservación, trabajo que viene avanzando con el inventario nacional de bofedales, a cargo del Inaigem.

La propuesta legal (decreto supremo) estuvo a cargo del Comité Nacional de Humedales, del Ministerio del Ambiente que crearía un marco legal para defender y proteger los humedales y tuvo la asistencia técnica del Proyecto Infraestructura Natural para la Seguridad Hídrica, desde la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA).

Entre los avances, se contemplan penas y sanciones a quienes depreden estos recursos, pues se sabe que las turbas son extraídas con fines comerciales y traídas a diversas tiendas que venden plantas en las ciudades. De acuerdo al mapa nacional de ecosistemas, realizado por el Minam (2018) se estima que los bofedales cubren cerca de 550 mil hectáreas, es decir el 0.42% del territorio nacional; su importancia no solo es por el agua que acopian, sino además que almacenan el 50 % del carbono en el suelo (Alvis, 2018), lo cual contribuye a aminorar los efectos del cambio climático.

Otro punto destacable del proyecto legal es que establece las funciones de cada organismo que interviene, una carencia que se observa en la mayoría de normas ambientales y, en general, además se incluye la gestión de dichos recursos con lo cual es un paso adelante para planificar y recuperarlos de la mano con actores locales.

Los humedales son ecosistemas especiales porque se integran a ambientes inundados y ambientes secos. De este grupo, los bofedales son reconocidos mundialmente porque mitigan los efectos del cambio climático (Pérez et al., 2015). Junto a ello, contribuyen en el balance de agua, la biodiversidad de vida silvestre entre otros beneficios (Hernández, 2010).

Esperemos que pronto estos ecosistemas no tengan tanta presión y puedan así continuar brindando sus beneficios como praderas húmedas, alimentadoras de fuentes de agua a ríos y lagunas y que las comunidades apliquen sus saberes en su conservación y uso racional. De esta manera, los actores sociales también salen ganando, porque al mantenerse su conservación ayuda a los suelos, agua y biomasa. Además, estas zonas ofrecen una belleza paisajista indescriptible para quienes admiran la naturaleza de altura.