Antiguamente la legitimidad provenía de Dios, esa era la justificación de la monarquía. Los elegidos por Dios llegan al poder. Desde luego, se sabe hoy que, en una república, la legitimidad es popular. El designio divino se consagra en la unción, David es el elegido de Dios y Samuel es el pontífice que lo unge. Un pastor de ovejas desplaza a Saúl. La raíz del poder importa menos que su buen o mal uso ¿Para qué el poder? No para prolongarlo o disfrutarlo sino para el máximo bien.
El destino maléfico es el logro del poder por el poder. La gente importa menos y menos aún cuántas vidas se sacrifiquen y cuánto rija la vibración del miedo, contraria a la del amor. Stalin se deshace de sus cercanos porque son los que más desconfianza le inspiran, luego siguen millones. Siempre los que rodean al gobernante son su mayor amenaza. Hussein reúne a todos sus cercanos y amenaza a uno de ellos con matarlo sino delata a todos los traidores en una asamblea que nos muestra a decenas de personajes sudorosos, trémulos y en trance de pánico por la probable mención aleatoria de sus nombres. Gadafi mata sin piedad para parecer duro, cuando el pueblo se agota (no se convive con el miedo más tiempo de lo que las fuerzas dan), es ejecutado. El mal se inclina a la destrucción, carece de compasión. Hitler gesta un odio que lo domina y no solo arrasa Europa, mata a seis millones de judíos. No hay una razón válida, es el mal por sí mismo y, quizás, el placer oscuro y patológico que lo produce.
La legitimidad popular ha sido mal usada tanto como la divina, a cargo de monarcas crueles. Es más fácil pensar en algún tipo de llamado trascendente cuando se tiene un destino como Lincoln, que liberó a los esclavos; como Churchill, que no desistió frente al mal encarnado en Hitler o Gandhi, que nos obsequió con la resistencia pacífica y el amor a la verdad por el satyagraha, la milagrosa experiencia de liberar a un pueblo. En tal grandeza será recordado Mandela, tantos años preso, tantos años libre. El poder es una descomunal responsabilidad, su valor no reside en sí mismo o en su duración, sino en cuánta memoria imperecedera de amor, heroísmo, compasión, libertad y prosperidad se aporta a una humanidad doliente y trágica, ya enferma de Historia.

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