Debo agradecer la gran labor cultural y de promoción de la poesía como creación y resistencia, que hace Harold Alva. Incansable en la publicación, en la coordinación de recitales y presentaciones y en la comunicación a través de las redes sociales, nos ofrece permanentemente la obra de poetas nacionales y latinoamericanos. Lo hago a nombre de muchos, la mayoría anónimos, que suelen asomarse a la ventana de la poesía para sentir, aunque sea por unos instantes, ese frescor o esa emoción interior que son indispensables para seguir viviendo.

Harold Alva es un poeta y de los buenos. Su poesía, intimista y sutil, tiene esa levedad que conmueve y exalta. Es, además, un promotor cultural y un periodista de estos tiempos acérrimos, que escribe una columna en este diario los días domingos y dirige el suplemento Contrapoder, un ejemplo del periodismo que se debe hacer pero que casi no se hace para peligro permanente de una forma de comunicar que corre cada vez más el riesgo de envilecerse, sino se ha envilecido ya.

La poesía como resistencia es una hermosa expresión, porque es casi como decir: la historia resiste. Mientras el río del tiempo corre se oye su voz. De tanto querer tocar el cielo (aunque éste tenga color panza de burro) tocamos la tierra y lo que bajo de ella cruje. De tanto medir los días en sueños y no en años sentimos que un día el péndulo del tiempo se nos rompe en la cara. De tanto buscar en vano un dios que nos proteja, nos resignamos a que no hay más dioses que los que emergen de nuestro propio interior desierto y desvalido.

Es el destino de querer ser, de pretender un sentido para esa cosa a la que Sartre llamó una pasión inútil. Pero aun así, se oye su voz. No hay nada ni nadie que clame ni que calle y sin embargo allí está ubicua, traspasada. Y podemos escucharla. Gracias a ella hay olmos que dan peras y alguien puede llevar el mar en la cuenca de su mano y tener lo que nunca ha tenido: un cántaro insaciable e infinito. Sabemos que los santos y los locos la han escuchado desde el principio. Si el amor es el gran argumento de la vida, esa voz la interpreta y la descifra porque alguien que nunca calla repite una y otra vez el poema infinito, aquel que puede dar un sentido final al dolor y un arresto de dignidad al evidente naufragio de la vida.

Sólo los reyes y los poetas (se lee en las viejas sagas escocesas) tienen la obligación de padecer su destino. El que pendió del árbol de sangre y el que cantó las caricias de la sulamita. El rey sin corona y el poeta sin lira, cosas de estos tiempos. El árbol murió de pie con su rey a cuestas y la lira se hizo añicos a la luz de la Luna.

Gracias Harold Alva, por tu labor. La poesía resiste. Y viaja sin parar entre la ternura y la rabia. Y, como tú bien dices, “…se pregunta si la noche/ Tiene algo que ver con su ictericia/O acaso la nostalgia/ Es la única palabra que sostiene/ El argumento de su día/ Entonces retorna los ojos al vacío: / Salta en parapente hacia la sima/ Tensa los músculos de sus brazos/ Y se deja caer/ Siente/ La generosidad/ Del abismo/ Y ya no se pregunta/ Si la noche/ Tiene algo que ver con la caída”.