La verdad, no sorprenden las últimas encuestas de intención de voto que no hacen más que empeorar el panorama electoral nacional de octubre pasado. Si entonces el precandidato mejor ubicado apenas pasaba el 20 %, ahora ese mismo postulante raspa el 15 % de las simpatías. De los demás aspirantes antes y hoy el que ocupa el segundo lugar no pasa del 8 % y el pelotón que sigue sumado al infinitesimal grupo de “otros” no llega al 50 %. Entonces, no hay que ser ducho en aritmética para deducir que el 30 % restante del universo de “por quién votaría” está conformado por ninguno, blanco, viciado e indecisos que no saben “mayormente”. Resumen: a la fecha la crisis de liderazgo de cara a los comicios de abril próximo es deplorable y alarmante. Claro, es la foto del momento y suponemos que tendrá que mejorar.

Repetimos, esto no es sorpresa ya que los principales vehículos de las veintitantas candidaturas presidenciales son partidos políticos que se ufanaban de tener en conjunto cerca de millón y medio de militantes empadronados pero que a la hora de las primarias o internas partidarias para escoger las dichosas planchas con las justas participó sufragando el 5% del padrón en las elecciones directas y ni qué decir de las casos en que la decisión estuvo en manos de los raleados delegados de las cúpulas. Aunque se quiera echar la culpa del fracaso a la maldita pandemia viral, lo cierto, por ser generoso, es que la partidocracia en el país hace rato que se encuentra grave y en UCI con ventilación mecánica y que ya no es determinante.

Un par de consejos para los electores visto el rechazo o mínima representación, representatividad y credibilidad de las organizaciones políticas: Primero, infórmense bien de la vida y milagros, ideario y propuestas de gobierno de los presidenciables que, dada la coyuntura, será lo más importante. Segundo, eviten el voto perdido y rechacen opciones demagógicas, populistas y antisistema. Roguemos al Señor. ¡AMÉN!