Hola… Leemos en el Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su alma?” (Mc 8, 36). Cuando San Ignacio de Loyola estaba recuperándose en un hospital por una herida recibida en el campo de batalla y leyó este texto bíblico, cambió radicalmente su vida y fundó la Congregación más universal de la Iglesia: “La Compañía de Jesús”.

“En el bosque se reunieron varios animales y conversaron sobre diferentes asuntos. El zorro comentó que había conocido un viñedo, cuyos racimos de uvas aparentaban ser los más ricos de la comarca, pero este estaba cercado, de tal manera que era imposible entrar en él y apenas desde fuera se podían ver las uvas.

Uno de los zorros que estaba en la reunión se interesó en el tema y antes de irse se acercó al zorro informante; le pidió, por favor, la ubicación exacta del viñedo; por supuesto que se la dio y el zorro raudo y veloz se fue a constatar tan maravillosa noticia; de más está decir que le encantaban las uvas. Cuando llegó al viñedo comprobó, realmente, que era imposible ingresar, ya que la valla era enorme y en la primera y segunda vuelta que le dio al inmenso lugar, por ningún lado encontró un sitio para entrar. Sin embargo, en la tercera vuelta pudo ver una pequeña parte que haciendo un poquito de esfuerzo, lograría su objetivo, como que así lo hizo. Ya dentro, fue para él el festín más suculento que se había dado en la vida; comió lo que quiso, descansó, volvió a comer, volvió a descansar y así durante una semana. No queriendo tentar a la suerte decidió salir. Buscó el agujero por el que había entrado, pero… ingresó flaquito y quería salir con bastantes kilos de más, por lo que le era imposible. -¡No me queda otra!, se dijo, tendré que adelgazar para poder salir. Pero le estaba pidiendo demasiado a la vida porque, cuando pensaba en esto, los mastines y el dueño de la viña llegaron al lugar atrapando al zorro y no quiero pensar lo que le sucedió”.

Al leer estas líneas, en el último domingo del mes de octubre, pidámosle al Señor de los Milagros prudencia en nuestras decisiones y no querer “comernos el mundo” cuando no sabemos ni el momento ni la hora en que Dios nos llame. Debemos estar preparados para la eternidad.

“Cuando un huevo se rompe desde fuera es para comerlo, pero cuando se rompe desde dentro es para dar vida”.

Gracias por llegar hasta aquí. Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!

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