Hola… La historia que voy a contarte sucede diariamente en el mundo de los animales; por lo tanto, no es una fábula, sino una fotografía de la vida misma.
Caminando por el bosque, en lo más alto de un picacho rocoso, pude ver un nido de águilas, encontrándose a más de trescientos metros de altura con caída libre al valle. A quien sabía le pregunté: -¿Por qué esta especie de águilas hacen su nido en ese lugar tan escarpado y a esa gran altura, con la posibilidad de caer al vacío? -Nunca ha sucedido, me dijeron, y tiene, además, una razón de ser; cuando el águila incuba sus huevos y nacen los aguiluchos, los cuida con mucho amor por un tiempo, estos van creciendo hasta llegar un día en que el águila madre los va empujando para acercarlos al borde del nido.
Imaginariamente y entrando en la mente del águila, se puede pensar cuán angustioso es para ella ese momento porque, como toda madre, pensaría que algo puede fallar y es consciente de los peligros de sus hijos; al mismo tiempo, sabe perfectamente la necesidad de que ellos hagan su propia vida y esta es volando.
Es así que la naturaleza ha programado en el águila a hacer su nido en lo más alto del picacho de una escarpada pared rocosa, siendo este el mejor lugar para que los aguiluchos, moviendo sus alas, puedan mantenerse en el infinito.
El águila madre pensó: -¿Y si esto no funciona? Pero su misión no sería plena si no empujara a sus hijos al abismo. Sacó coraje de dentro de su sabiduría innata. Mientras sus polluelos no descubrieran sus alas, estos no sabrían cuál es el propósito de sus vidas. Desplegadas las alas, aprenderán a remontarse en el espacio abierto y encontrarán el privilegio que significa haber nacido águila. Para ella, el empujón era el mejor regalo que podía ofrecer a sus hijos, su supremo acto de amor. Es así que los empujó de uno en uno… y todos volaron.
Como te comentaba al comienzo de la conversación, esta historia que acabas de leer no es ninguna fantasía mía, es parte de la vida real y en especial de esta clase de águilas, que pueden servir como ejemplo para aquellos que tienen la responsabilidad de ayudar a sus hijos a encontrar su propio “destino” o, lo que es lo mismo, el “propósito de su vida”. No tengas reparo alguno en hacer realidad aquello que nuestra naturaleza te dicta, aún con los temores lógicos y miedos que esto puede significar.
“Jesús salió del sepulcro… para entrar en nuestros corazones”.
Gracias por llegar hasta aquí. Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!
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