Año a año mi biblioteca fue creciendo y sin estudiar bibliotecología, inventé una manera peculiar de sistematizar los estantes del primer y segundo piso. No eran las materias ni el orden alfabético dentro de las materias ni las complejas secciones sino “lo difícil, lo placentero, lo útil y lo repulsivo”. Mi primer interés fue pronto lo que me era repulsivo (Marx por delante) porque la formación lectora debe iniciarse con el aprendizaje crítico. Sin espíritu crítico nos dejamos embaucar por las moralejas. Sin saberlo, me preparé para la posverdad.

El segundo paso fue acercarme a lo difícil y lo hallé en la filosofía alemana, sin reparar que en muchos casos eran juegos de palabras y que la sabiduría residía en lo sencillo, fue el paso por las letras griegas hasta llegar despacio a Unamuno. Con un espíritu crítico y habituado a tratar de interpretar lo incomprensible (a veces las piedras más grandes están en el estudio de la lingüística y no en las matemáticas), uno se prepara para lo peor, pero lo peor ya no me interesaba sino el placer y el placer no lo proporcionaba la novela sino la historia, el triunfo de lo objetivo sobre lo subjetivo. Por alguna razón, las lecturas de Nietzsche no las tocaba, la idea del superhombre, la ley del eterno retorno, el reto a mi viejo catolicismo dominador, eran una traición al catecismo materno. La creación del nuevo hombre con la nueva moral igual llegó, no lo pude evadir pese al temor de enamorarme de la formación espartana. Con Nietzsche me percaté de las ataduras de una moral de esclavos y del error de asumir que la libertad es, como Isaiah Berlin decía, “estar a salvo de toda coerción exterior”, una utopía, quizás un desliz, porque no hay libertad sin poder y sin responsabilidad.

Cuando la opción fue reseñar, comprendí que el punto de vista del narrador es el punto de vista imaginativo del autor, y que devorar novelas es inmiscuirme en el espíritu de cada autor, en su experiencia, su sensibilidad y su entorno. Nos convertimos en el cúmulo de libros que leemos, películas y dramas que sorbemos. Somos un rompecabezas deliciosamente inconcluso. El imperativo es lo elaborado porque sumar palabras es incrementar las posibilidades del razonamiento. A más palabras mayor margen de maniobra del pensamiento para interpretar la vida.

El paraíso habita una biblioteca, léalo al derecho o al revés, da igual.