En cierta ocasión acudí a una oficina del sector público y fui recibida con una mirada de extrañeza. Ignoro si esta conducta respondió a mi condición de mujer. O tal vez por la ropa que vestía. O quizás por mis rasgos, más andinos que costeños. Cualquiera que sea la respuesta, lo cierto es que este tipo de conductas demuestran que en nuestra sociedad aún se mantiene una fuerte tendencia a establecer conclusiones previas o suposiciones radicales que son verdaderos obstáculos para cualquier proyecto que uno quiera desarrollar. Situaciones como las que he descrito pueden determinar una injusta diferenciación que solo se puede desvirtuar demostrando que las ideas preconcebidas no tienen ningún sustento objetivo.

Partiendo de estas ideas preconcebidas, se tiene como mejor al que fue formado en una universidad que al que fue formado en la experiencia. A aquel que está a la moda del que no sale de lo convencional. Al que sigue el modelo del que lo pretende cambiar. Estas y otras ideas son las que nos impiden conocer alternativas diferentes, nuevas formas de pensar y de actuar. Y tal vez hasta de solucionar un sinfín de problemas. Si hablamos en términos generales, los prejuicios en el Perú se mantienen porque esas ideas preestablecidas no son desvirtuadas. ¿Por qué no son desvirtuadas? Porque muchas veces “el prejuzgado” no hace lo necesario para quebrar esa idea equivocada, sino más bien, mediante sus expresiones o comportamiento, refuerza los prejuicios. Recordemos que las mujeres tuvimos que asumir cargos de dirección para demostrar que teníamos todas las condiciones para liderar y tomar decisiones.

Durante doscientos años de vida republicana se pensó que los únicos que podían gobernar el Perú eran los políticos preparados en la capital (el centro del poder político y económico). Ahora que asume el gobierno un provinciano se tiene la idea de que fracasará en su proyecto. Pero ni él ni quienes lo acompañan tampoco hacen lo necesario para demostrar lo contrario. Ejemplo: la reciente elección del gabinete ministerial, que ya tuvo sus primeras bajas. Lo peor de todo es que con la experiencia que obtenga se podrá confirmar o desvirtuar el prejuicio y se abrirán o cerrarán indefectiblemente las oportunidades para otros provincianos en el futuro. Si un ciudadano de escasos recursos asume el gobierno, se cree que puede despilfarrar los fondos públicos, pero se pasa por alto el hecho de que la pobreza desarrolla la cualidad del gasto mesurado y la provisión para el futuro. Sin embargo, si el primer acto de este ciudadano es gastar el dinero público en banalidades, el prejuicio, lejos de ser descartado, quedará confirmado.

Las suposiciones sobre el quehacer de determinados personajes políticos en razón de su origen, forma de vestir o modo de expresarse pueden conducir a comportamientos manifiestamente discriminadores. Pero ¿qué se puede hacer cuando dichas suposiciones, con el paso del tiempo, lejos de ser descartadas, se confirman? Creo que los prejuicios se mantienen por el encuentro de dos formas de comportamiento.

Primero, de quien desconoce y adelanta subjetivamente sus pareceres. Segundo, de quien tiene la responsabilidad de quebrar cualquier idea preconcebida y que, lejos de hacerlo, la confirma. Tal vez sea por este tipo de comportamientos que tenemos y seguiremos teniendo un país fragmentado.

Para más información, adquiere nuestra versión impresa o suscríbete a nuestra versión digital AQUÍ.

Mira más contenidos siguiéndonos en FacebookTwitter Instagram, y únete a nuestro grupo de Telegram para recibir las noticias del momento.