“Si no tienes una fe no tienes nada”, dijo, finalmente, el protagonista de una serie cuya mención se omite para evitar el spoiler. Terminó por aceptar lo que le era inaceptable. No se refería a Dios, sino a la fe en cualquier cosa que fuera digno de ella: Dios, un ideal político, una causa social, algo que nos remita a la lealtad para con nosotros mismos y con nuestro destino.

Se trataba de una figura pública, con un estatus político, con fama, un personaje con esa sed de gloria de los antiguos exploradores. Dominado por la crisis de la mediana edad, llegó a un viejo templo abandonado donde se reunía un grupo de sacerdotes que habían menguado en su fe y sentían que, por tanto, ya no tenían nada más. Los sacerdotes, quebrados, ensimismados, lejos del salto del impulso inicial (Kieerkegard se refería al salto a la fe), se ganaron pronto el desprecio del personaje; agnóstico, mundano, desinteresado. Lo suyo era la gloria militar, la ambición de una grandeza que a su edad parecía alejarse de él.

Admirador de las grandes hazañas, por tal razón, no esperó para reunirse con los tres astronautas que habían alunizado ante el asombro de la humanidad en julio de 1969. Ellos eran jóvenes, él ya no tanto; pero no encontró en ellos ni un asomo del espíritu heroico de los viejos navegantes que esperaba encontrar: Colón, Magallanes… o de los viejos guerreros de su tiempo. Él también piloteaba, envidiaba de los tres hombres, esa oportunidad que él no tuvo. En su pequeño avión ascendió hasta el límite, por encima de las nubes. Vio la luna, pero sabía que su aparato no la podía alcanzar. No lograría, en apariencia, la inmortalidad del héroe, que esos tres hombres comunes y sin dotes, habían logrado. El heroísmo no siempre requiere de una virtud, a veces es solo una oportunidad.

Decepcionado pronto de los astronautas, volvió los ojos a los sacerdotes a quienes antes había injuriado. Le repugnó al inicio que se atormentaran por la pérdida de su fe y por la persistencia en recuperarla. La debilidad no era lo suyo, pero encontró luego en ellos lo que no halló en esos oscuros hombres de la luna: la “fe en algo” es fundamental para vivir y prevalecer. Pisar la luna, lograr una hazaña, gobernar… sin sentimiento de historia y destino, puede ser una anécdota. La grandeza es otro tema.