Todos los peruanos estamos asombrados y preocupados por turbias y deshonestas prácticas políticas del Ejecutivo y Legislativo en lugar de unir esfuerzos para detener la pandemia y revertir el descalabro económico. Al presidente Vizcarra se le escucha en penosos y vergonzosos audios tratando de manipular con su entorno mediocre y desleal (secretaria general y asistenta administrativa) pruebas sobre reuniones por contrataciones ilegales de un pintoresco y excéntrico personaje (Ricardo Cisneros “Swing”) para evadir presuntos delitos de obstrucción a la justicia, colusión agravada y negociación incompatible, lo cual debe ser profundamente investigado.

El Legislativo admitió una moción de vacancia promovida por el congresista Édgar Alarcón, defenestrado de la Contraloría, con seis procesos abiertos por corrupción y enriquecimiento ilícito y con pedido de la Fiscalía a 17 años de prisión, además, el presidente del Congreso, Manuel Merino, demostrando grandes ambiciones por poder e intentando irresponsablemente involucrar a las FF AA en un asunto político sin considerar el daño que se causaría al Estado de derecho y la democracia. El Ejecutivo presentó una demanda competencial al Tribunal Constitucional, la cual fue rechazada, obligando al presidente a acudir y dar sus descargos en el Congreso.

Esta situación ocurre porque nuestros políticos no comprenden que la actividad política es esencialmente humana y civilizadora, un quehacer social cuyo principal fin es alcanzar, mediante patrones de acción y organización, el bienestar de la sociedad, debiendo actuar con un verdadero compromiso para con los ciudadanos para el logro del bien común y fortalecimiento de una estructura de virtudes y valores públicos construyendo instituciones sólidas e implementando políticas sociales que apunten a la igualdad de oportunidades y equidad que constituyen los máximos valores públicos de la democracia. Además, nuestra situación política se agrava porque los partidos políticos presentan serias deficiencias de institucionalidad, transparencia y orden, bajos niveles organizativos, alejamiento del interés mayoritario y débil identificación con la ciudadanía, solo tienen vida regular en época electoral, y fuera de ésta no existen o invernan.

Bajo este panorama, tanto el Ejecutivo, el Legislativo y nuestra clase política en general deben evitar las prácticas políticas turbias y deshonestas, deben dejar de lado