Todos, o casi todos, hemos perdido a algún familiar, amigo, colega, vecino, etc., producto de la pandemia; mientras tanto, no tenemos la dotación de vacunas suficiente para atender a la población, no hay abastecimiento de oxígeno medicinal, no se cuenta con camas UCI en los hospitales; los peruanos se siguen muriendo, y al encargado del gobierno de transición solo se le ocurre decir que “la pandemia ha demostrado que como Estado hemos fallado”; esta infausta frase enerva a todo compatriota, dejándonos prácticamente a nuestra propia suerte, con pocas o nulas posibilidades de sobrevivir al fatal virus.40
La muerte está tocando las puertas de todos y cada uno de nosotros, no distingue edad ni condición; lamentablemente, el Estado -por medio del Gobierno- no llega a todos los rincones de nuestra patria, los servicios médicos no son suficientes. Frente a la displicencia del gobierno, debemos revisar -o recordar- algo que siempre ha estado con nosotros, algo que es inherente a la cualidad humana y que puede ayudarnos a superar el dolor y la confusión, me refiero a la compasión.
El Dalai Lama manifiesta que “el amor y la compasión son necesidades”; reflexionando diremos que tanto el amor como la compasión no son ningún lujo, son una necesidad, sin ellos la humanidad no podrá sobrevivir, y -por extensión- todo el planeta y las especies que habitan en él; la compasión es la capacidad que tenemos para ver la naturaleza del sufrimiento; como seres humanos aspiramos a transformar el sufrimiento y eso es posible gracias a las acciones y actividades que realizamos. Si bien es cierto como sociedad estamos paralizados por el miedo y el terror, siendo este un sentimiento global, existe algo que se llama resiliencia que nos permite sobreponernos frente a cualquier adversidad, debemos poner en práctica esta capacidad y afrontar a la peste.
Los neurocientíficos sostienen que la práctica de la compasión mejora el sistema inmunológico, lo que nos debe llevar a inculcar ese sentimiento en nuestros hijos y en las nuevas generaciones, y -por qué no- en los profesionales de salud, quienes deben tener un trato mucho más humano con el paciente y con sus familiares; contribuyamos a construir un mundo más solidario, donde la compasión sea una acción directa y palpable, donde todos: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres, nos identifiquemos con los males de nuestros semejantes y los ayudemos con lo que está a nuestro alcance o dentro de nuestras posibilidades.
Lo expuesto no se trata de religión, se trata de humanidad; estoy seguro de que Dios no hace distingo entre nosotros, pertenezcamos o no a una iglesia, practiquemos o no una creencia; amemos a nuestros semejantes, así como amamos a nuestra patria, más aún en esta época de sufrimiento; no debemos sucumbir ante ningún tipo de manipulación apologética o de cualquier otro tipo; es momento de demostrar que no solo somos cuerpo, sino también espíritu, sintamos el latir de nuestro corazón, démosle sentido a nuestra existencia. Apreciemos a los demás, así como nos gustaría que nos aprecien a nosotros.

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